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** COSAS DE BARRIO WEB - Edicion 178 **
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HISTORIAS GUARDADAS EN LOS PASAJES DE LINIERS


Porota. Ese era el nombre de la jirafa de alambre y cartón que hace décadas solía verse por la zona de las Mil Casitas. Impulsada por sus dueños, solía meter su cuello en cada ventana abierta.

23/11/2017


El recuerdo de aquellas añosas anécdotas que cada tanto vuelven a florecer entre los vecinos

Por Daniel Aresse Tomadoni (*)


En su inacabable mezcla de paisajes y personajes, un barrio guarda entre sus recuerdos miles de anécdotas que conforman su folklore y le otorgan una especial singularidad. Liniers no escapa a esa magia que sólo habita en los barrios porteños.

Recuerdo cuando era muy chico y en una noche de carnaval estaba en la puerta de la casa de mi tía, en el pasaje Amalia casi esquina Tuyutí. La plaza Sarmiento se veía iluminada a pleno con algunos faroles rotos, tal vez producto de un pelotazo mal pateado o una gomera dispuesta a exterminar palomas y gorriones. Lo cierto es que de pronto apareció una veintena de muchachos bulliciosos y en el centro ella: Porota. Por muchos años pensé que lo que había visto era un sueño o una fantasía. Ni yo creía haber visto circular una jirafa por las calles de Liniers, pero mi primo, en una charla mantenida años después, me terminó de confirmar aquella anécdota.

Se trataba de una jirafa armada en alambre y cartón pintado, que cada tanto “paseaban” no sólo en los carnavales, sino también durante el resto de los días de verano por el barrio. Lo cierto es que una noche cálida, Porota comenzó a caminar los pasajes hasta que acertaron pasar por una de las Casitas, que tenía la ventana a la calle abierta. Demás está decir que los muchachos no dudaron en hacer pasar el largo cuello de la jirafa por la ventana, pero sin advertir que en esa habitación, como se estilaba por entonces, estaban velando a una persona…

A los gritos de sorpresa y estupor, le siguieron el enojo y la bronca por parte de los deudos y, obviamente, también las disculpas de estos muchachones que, sin maldad y con cierta picardía, cometieron aquella travesura.

Desconozco el destino posterior de Porota, pero sería interesante que, si alguien lo sabe, nos lo cuente.

Pero eso no es todo. Una tarde de siesta típica del barrio, donde sólo se escuchaban los pájaros y las urracas, un aleteo de palomas quebró la tranquilidad del momento. En una de las Casitas, dos hermanos discutían a los gritos conmocionando a todos. Fue entonces cuando uno de ellos, comenzó a perseguir a los gritos al otro con un enorme cuchillo en la mano. Esa carrera continuó a lo largo de toda la manzana hasta que la víctima volvió a la casa y el hermano con el cuchillo ingresó detrás cerrando la puerta de calle.

Al cabo de unos minutos, todo el barrio se reunió en la puerta de la casa mientras en medio de un silencio aterrador, el del cuchillo abrió la puerta del balcón del primer piso y con cara acongojada les dijo a todos los que aguardaban abajo “Señoras y señores, fin del primer acto”. Aun desconozco cómo salieron vivos de esta travesura, muy habitual en ellos.

En fin, anécdotas y recuerdos que seguiré desarrollando en otras entregas. Hasta la próxima.


 (*) Aresse Tomadoni es director general de Multinet (Radnet/La Radio, El Viajero TV, Club de Vida TV)



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EL ADIÓS A UN VERDADERO QUIJOTE

20/11/2017


Desde el año 2000, cuando la Junta de Estudios Históricos del barrio de Liniers se encontraba junto a otras entidades dedicada a la preservación de los Talleres Ferroviarios de Liniers, surgió la idea de reconocer a aquellas personas que luchaban por sus ideales. La moción fue presentada por la Lic. Mabel Albornoz, en ese entonces vocal de la Junta y el premio consiste en una imagen de “El Quijote”. El primer “Quijote” fue entregado al Padre Fernando Maletti, quien colaboró desde el Santuario de San Cayetano para que se sancionara la Ley 626, que declara Área de Protección Histórica (APH) a los Talleres Ferroviarios.

Pero en el 2014 la Comisión Directiva de la Junta decidió por unanimidad entregar esa distinción a Edgardo Román Gilabert. Quisimos sencillamente hacer público quién era Edgardo. No destacar sus cualidades profesionales en el mundo del periodismo deportivo, sino resaltar lo que significaba para el barrio, su patria chica, su lugar en el mundo. Contando con la complicidad de algunos amigos, Edgardo nos acompañó a la entrega tradicional de los premios del Concurso Literario que realizamos todos los años. En ese acto le hicimos entrega de la nota que lo designaba “Quijote 2014” y de la estatuilla. Recordamos su sorpresa, propia de quien se entrega sin esperar nada a cambio. El 11 de noviembre pasado, Edgardo decidió partir, aunque sabemos que siempre estará con nosotros, en su querido barrio de Liniers.

En otro orden, la Junta de Estudios Históricos de Liniers continúa convocando a los vecinos a participar del nuevo concurso literario, que en esta edición tendrá como tema central “El vagón de los sueños”.

Los trabajos podrán presentarse en dos rubros: Cuento (máximo tres carillas) y Poesía: (máximo treinta versos) y podrán enviarse hasta tres obras por rubro. Habrá cuatro categorías: Menores (de 10 a 12 años), Juveniles (de 13 a 20), Mayores (de 21 a 70) y Galardón de Oro (para mayores de 70 años).

Las obras deberán elaborarse en hoja A4, en letra Arial tamaño 12, interlineado 1.2, por triplicado y firmadas con seudónimo. Deberán remitirse por correo postal a Concurso Literario “El vagón de los sueños” Rivadavia 10903 4º B (1408) Ciudad de Buenos Aires, en sobre cerrado, incluyendo un sobre interior adicional conteniendo los datos personales del autor (apellido, nombres, edad, domicilio, teléfono, localidad, seudónimo, correo electrónico y títulos de las obras). En ambos sobres deberá determinarse la categoría y el seudónimo utilizado. Las obras se recibirán hasta el 30 de abril de 2018.

El arancel para participar es de cincuenta pesos, excepto la categoría Menores que es sin cargo. Para conocer más detalles, los interesados podrán contactarse al teléfono 4641-2395 o a través de los correos electrónicos: albornozmabel2008@hotmail.com, jtahistorialiniers@yahoo.com.ar o juntadeliniers@gmail.com, como así también mediante su página de Facebook: Facebook.com/Junta Histórica Liniers.



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EL CAMPITO DE BOQUERÓN, UN OASIS EN EL LINIERS DE ANTAÑO (2A ENTREGA)


20/11/2017


Sede de partidos antológicos entre equipos del barrio o de circos imponentes, hoy forma parte de la denominada “Manzana de Oro”


La segunda edición del “Congreso de Historia del barrio de Liniers”, organizado por la Junta de Estudios Históricos y desarrollado en septiembre pasado, dejó como recuerdo una gran cantidad de trabajos dedicados al barrio, que se irán publicando en sucesivas ediciones de este medio. El primero de ellos, elaborado por el vecino Gerardo Muzlera Mooney, evoca un espacio entrañable del viejo Liniers, que desde hace años se transformó en la denominada “Manzana de Oro”, por el atractivo de sus chalets y casas bajas. En la edición pasada se publicó la primera parte, y aquí va la segunda de “El Campito”.


Además de aquellos históricos partidos de fútbol, el campito también le dio lugar al circo. La memoria me lleva al recuerdo de la llegada del “Gran Circo Norteamericano”, de los hermanos Stevanovich. Fue la carpa más grande instalada en el lugar. Ocupaba más de la mitad del terreno, sin contar los espacios para los carromatos, las jaulas de los animales y los camiones de traslado.

Como una imagen indeleble quedó la caravana integrada por el elefante montado por aquella bella muchacha y dirigido por su domador. Detrás, un vetusto camión de caja abierta sobre la cual estaba la jaula con un león rugiente, y luego un payaso en zancos repartiendo volantes y vociferando con una bocina el espectáculo y sus horarios.

¿Qué otra cosa podría uno sentir, como parte del piberío pululante y en constante algazara, cuando llegaba a ocupar ese espacio el entonces gran circo?

Ver llegar los carromatos de los artistas, la jaula de los leones, el infaltable elefante, así como elevarse la gran carpa, ocupando la mitad del terreno fue un espectáculo aparte. De pronto una mañana, se aproximó al campito un jeep. Bajó de él un hombre robusto de chambergo, campera de cuero y zapatos con gruesas suelas de goma. Resuelto, se dirigió hacia uno de los laterales del terreno y con el pie derecho girándolo contra el piso lo marcó. Cinco pasos atrás un peón con pico alzado se aproximó a la marca y hundió la herramienta. Mientras, el hombretón daba varios pasos y procedía a marcar el suelo nuevamente. Detrás llegaba el peón para hundir el pico una vez más.

Luego de colocar las estacas, llegó el momento de ubicar los dos mástiles y unir los paños de la gran carpa. Y por fin, su izamiento. Los vecinos que presenciaron el momento definitivo, aplaudieron.

Aquellos espectáculos circenses se sucedieron hasta bien entrado los años ’50, con el arribo de otras carpas y espectáculos similares (“Gran Circo Sudafricano”, “Hermanos Harris”). Pero hubo otras actividades beneficiadas con ese espacio, como los parques de diversiones itinerantes, que poco tenían que envidiarle al desaparecido “Parque Retiro” (donde hoy se erige el Sheraton Hotel y los edificios vidriados edificados detrás).

En efecto, los entretenimientos no se reducían únicamente a stands para los que quisieran probar fortuna mostrando habilidades y destrezas de precisión. Voltear muñecos de los estantes, pescar botellas con cañas con anillos, tiro al blanco con gomera que, al acertar al centro disparaba la foto instantánea del glorioso momento. Estos parques llegaron también con grandes juegos mecánicos, como el “pulpo”, las “Sillas voladoras”, el “tren fantasma” y hasta el “Cilindro mortal” donde en su interior, intrépidos motociclistas giraban desafiando la ley de gravedad.

Cierta vez, coincidió el arribo de uno de estos parques con los días de carnaval. Sobre la esquina de Carhué y Boquerón fue instalado un improvisado escenario. Una de esas noches, en el dormitorio del primer piso de mi casa me preparaba para dormir tras escuchar otro episodio de la comedia radial “Los Pérez García”. De pronto, escuché el sonar grave y rítmico de un bombo y platillos provenientes de Carhué. Me asomé a la ventana y desde allí pude ver cómodamente el arribo del murgón “Los Mimosos de Liniers”, antecedente de “Los Mocosos de Liniers” –herederos de sus instrumentos singulares- y el espectáculo de sus danzas y sus críticas en forma de canto.

Además de los partidos de fútbol, del arribo de circos y parques de diversiones, el Campito tuvo también otra actividad constante, sucedida en el tiempo casi siempre en la misma época y de la que eran partícipes los chicos del barrio. Ocurría a posteriori de la semana de carnaval y previo al comienzo de las clases. De pronto, una mañana, comenzaban a oscilar en el cielo del campito barriletes de todo tipo, todos de fabricación casera. Los más humildes, o para los desafíos de la “cortadita” (con hojas de afeitar o trozos de vidrio o metal filoso atados al final de la cola) eran cuadrados hechos con caña, hilo y papel de diario, conocidas como “tarascas”. Para el resto, había que ir a la librería y comprar un rollo de hilo de algodón, tiras de caña y, los papeles barrilete con los colores predilectos.

Cinco fueron los diseños básicos de fabricación, con flecos y “roncadores” en sus extremos. “Bomba”, “Estrella”, “Media bomba-Media estrella” “Araña” y el “payaso” de dos varas. La cola estabilizadora se confeccionaba con viejas corbatas de papá y tiras de tela. Armarlo era todo un rito, generalmente practicado a la hora de la siesta. Cruzar las cañas para formar dos cuadrados de lados equidistantes armados con hilo o para formar una estrella. Con engrudo de harina pegar el papel a los hilos externos y, finalmente fabricar los flecos y “roncadores” y pegarlos en los bordes. Luego, a la carrera cruzar hasta el campito para remontarlo y, por fin, verlo oscilar en las alturas.

Para quienes supimos disfrutarlo, el campito fue un espacio de libertad, donde acomodados por la imaginación –por ejemplo- el piberío de entonces decidía jugar a la guerra, a los piratas, o a cuanta cosa le dictara su fantasía. Pero llegó un momento en que ese espacio dejó de serlo. A mediados de los ’50 fue rodeado con un cerco de alambres. Poco a poco, una parte importante fue ocupada por chatarras de carrocerías que pertenecieron a los viejos colectivos de once asientos de la empresa estatal Transportes de Buenos Aires. Así fue cambiando la fisonomía del lugar. Cierto es que con el tiempo fue desapareciendo de a poco la chatarra. Pero ya no era lo mismo. Los partidos se espaciaron. No volvieron los circos ni los parques de diversiones y el lugar, finalmente, dio paso a la edificación. Desde entonces, “el campito” pasó a ocupar su lugar en el recuerdo.



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