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LA INFANCIA ANTES DEL APOGEO DE LA ERA DIGITAL (SEGUNDA PARTE)


14/9/2019

Una mirada nostálgica al barrio del siglo pasado, cuando el disfrute no dependía de la pantalla táctil


Gerardo Muzlera Money, vecino e integrante de la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Liniers, propone cerrar los ojos por un instante y tratar de imaginar la vida diaria sin el influjo permanente de los medios digitales. Un viaje imaginario por el túnel del tiempo que vale la pena leer. Aquí, la segunda entrega.


El barrio aún albergaba esas manchas verdes que fueron las quintas y huertas, resabios del origen de pala y zapín de antiguos quinteros y hortelanos que debieron ceder, indefectiblemente, a la presión de una población que se ampliaba aun en extensión más que en altura, como inevitablemente ocurrió después. Había todavía grandes baldíos y calles de tierra (como en el frente de mi casa) cuando mis padres decidieron afincarse definitivamente en Liniers. El mundo estaba en guerra y el primer cinturón de la ciudad o camino de cintura (la avenida General. Paz) se acababa de inaugurar oficialmente. Corría el año 41’ (año en que nací) cuando esto ocurrió.

La casa, en un principio, era alquilada y estaba ubicada en el límite sur del complejo que fue bautizado como barrio “Falcón-Tellier”, sector de Liniers caracterizado por casas de dos plantas de diseño idéntico (estilo petit hotel holandés) como el de sus calles y pasajes, trazados algunos de este a oeste y otros de norte a sur. Se lo conoce como de “Las mil casitas” o también “Casitas baratas”, aunque en realidad esto último nunca lo fue. Sobre el terreno de las quintas, el barrio comenzó a desarrollarse en 1926 desde su extremo noreste (hoy Ramón Falcón y Lisandro de la Torre) y terminarse en 1929 en el suroeste, sobre la calle Boquerón esquina Montiel. Tarea esta última a cargo del municipio de la ciudad, debido a la quiebra de la empresa constructora.

Para mi visión e imaginación infantil, viví y crecí en el límite de un tipo de civilización, caracterizada por una clase media laboriosa y de a pie. La vereda de enfrente orientada al norte, imagen contraria a la monotonía edilicia de mi barrio, anticipaba la frontera detrás de la cual suponía la existencia de una vida distinta. Para esa visión que todavía no estaba educada para comprender la igualdad en la diferencia, la diversidad estaba allí en el comienzo de la vida de otra gente. De otro país. De otra cultura. De otro modo de entender las cosas. De voces en idiomas y formas de expresión desconocidos, y que no eran, al fin, más que dialectos italianos o españoles básicamente, pero extraños a un oído que recién se estaba preparando para escuchar y comprender. Porque allí, en lo que después se identificó como “Liniers Sud”, era el territorio donde vinieron a recalar en segunda y tercera oleada, emigrantes de esas tierras para entonces asoladas por hambrunas y guerras. Algunos arribaron llamados o recibidos por parientes que también habían hecho el mismo camino, procurando nuevas oportunidades para sus vidas.

Las mil casitas, por contraste, parecían estar habitada por una población más bien homogénea. Gente como empleados bancarios, profesionales, miembros de carrera de fuerzas armadas y seguridad, docentes, periodistas y propietarios de pequeños comercios de la zona. Parecía, digo, porque con el tiempo fui descubriendo que no estaba constituida así. En la medida que fui conociendo a mis vecinos, comprendí cuan equivocado había estado. Desde referentes del universo artístico, algunos de renombre internacional (de la plástica, las letras, la representación escénica), pasando por el lechero de tarro y medida de latón, el obrero de los talleres ferroviarios de Liniers, hasta el “musolino” (barrendero municipal) que cotidianamente limoiaba esas mismas calles, formaron parte de ese vecindario heterogéneo, amalgamado invisiblemente por un modo de vivir en comunidad. Y eso le dio un espíritu específico, una identidad, una manera de ser, un común denominador, un código secreto –arguyo- solo entendido por sus iniciados, esto es, los que crecimos y caminamos por sus calles y pasajes.

Los pasajes del barrio, casi totalmente despejados de vehículos, se convirtieron en los patios traseros del piberío de cada cuadra. Era el lugar de encuentro de las barritas de varones y mujeres. Siempre había mucho que hacer, juegos que disfrutar, proyectos que ejecutar. Como quitar al fondo del balde de cinc, agujereado y arrumbado en algún rincón de la casa el aro de contención. Porque con él, sumado a un pedazo de alambre galvanizado en forma de “U” y atado a un viejo palo de escoba, fabricábamos un andador. O construir el ya legendario carrito con rueda de rulemanes. Descuento por conocidos los picados con pelota de trapo o de goma (la “pulpo”); el “punto y revoleo” con las figuritas “Starosta”, el “Hoyo y quema” con las bolitas, las “14 provincias”, el “Tintero” o la “puñalada”, con el balero o la “Troya” con el trompo de madera. Las chicas, la rayuela, saltar la soga, lanzamiento del aro o las figuritas abrillantadas y muchos otros juegos.

En mi infancia, de manera inconsciente, tuvimos en claro desde un principio la diferencia entre juegos y juguetes. Y que no hacían falta éstos últimos para sentirse feliz, pues sólo bastaba la imaginación, ese océano de ideas y fantasías, nutridas por historietas, programas de radio o las películas de los cines del barrio. En ella nos sumergíamos para hallar la aventura que se debía acomodar al contexto y a las circunstancias. Lleno de proezas, siempre terminábamos airosos, triunfantes y gozosos. El guión, el argumento a desplegar en cada ocasión, era provisto por esas vertientes.

Por ejemplo, el remedo de la “cinta” de “comboy” con la que nos deleitábamos en las bulliciosas matinés copada por la purretada, o con las de guerra cuando aullábamos en el asalto al enemigo (por entonces japoneses o alemanes), o de piratas cuando el abordaje, o en aquellas interminables series cinematográficas que al final de cada capítulo parecía que moría el protagonista y que veíamos en uno de los cuatro “biógrafos” que tuvo el barrio: el cine “Capitolio”, desaparecido tempranamente para dar lugar a una galería comercial.

Un capítulo especial merecen las revistas de historietas. En casa recibíamos en un principio “Pif Paf”, “Tit Bits”, “El Tony”, “Intervalo”, “Boletín Extra” y “Patoruzú”, además del didáctico “Billiken” y el “Pato Donald”. Años después “Superman”, “Batman”, “Misterix”, “Puño Fuerte”, “Fantasía” y “El Gorrión”. Un revolver de “cebita” fabricado en hojalata litografiada y una rama descortezada lo más recta posible, eran suficientes para convertirnos en el protagonista de algún episodio de aquella aventura que nos fascinó.

Pero también alimentaron ese universo de fantasía algunos programas de la radiofonía dedicados a nosotros. “Toddy”, la bebida chocolatada, nos invitaba cada tarde; primero a las 17,30 a partir de 1950 y más adelante a las seis en punto, para escuchar las selváticas proezas de “Tarzán, rey de los Gomanganis” con su “Juana”, su “Tarzanito”, la mona “Chita”, el elefante “Tantor”, el abuelo “Philander”, el indio “Wali” y el capitán “Darnot”. El piberío, en silencioso ritual, frente al aparato e hipnotizados por el “ojo verde” de la radio “capilla” prestaba su atención más profunda y exclusiva a la situación, para envidia de maestros afanosos que se esforzaban por inculcarnos conocimientos a punta de tiza y explicaciones que, no podía ser de otra manera, considerábamos aburridos y tediosos.

De la misma estirpe escuchamos otros “héroes” radiofónicos, como “Poncho Negro”, “Sandokán”, “El León de Francia” y tantos otros. Restringidos por la edad, la radiofonía constituyó un modo de escape a los límites reales impuestos por nuestros padres y, nobleza obliga, por nuestra corta edad. Primero la cuna, a continuación la habitación, luego el interior de la casa, más luego el jardín, a continuación la puerta de calle y más adelante la cuadra del pasaje (El Mirasol, en mi caso) ausente de vehículos peligrosos. El radio de acción se fue extendiendo en la medida que íbamos creciendo (continuará).


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VEREDAS QUE YO PISÉ


Torito. Justo Suárez es considerado como el primer ídolo popular argentino, y es un símbolo indiscutible de Mataderos

05/9/2019

El significado de los nombres de las calles del barrio


Tal como viene ocurriendo desde hace algunos años, la intención de esta columna es descubrir los diversos nombres de próceres, batallas, ciudades, fragatas, árboles y pájaros que, escondidos tras el nombre de una calle, una cortada o una avenida, recrean a diario los paisajes típicos de nuestro barrio. Inmiscuirse en su origen e investigar el trasfondo del -en principio- frío nombre de una calle, significa estrechar los lazos de afinidad que naturalmente unen a los vecinos con su barrio de pertenencia.

SAN PEDRO: corre en dirección Este – Oeste y se extiende desde la calle Pergamino, en Parque Avellaneda, y –con interrupciones en ese espacio verde y en el predio del Mercado de Hacienda- concluye en la avenida General Paz. Su nombre fue impuesto por una Ordenanza del 27 de noviembre de 1893 y remite a la ciudad y partido de la Provincia de Buenos Aires. El nombre completo es Rincón de San Pedro Dávila de los Arrecifes, una ciudad y puerto de la provincia de Buenos Aires, en la margen derecha del río Paraná junto a la desembocadura del río Arrecifes, que es cabecera del partido homónimo. Se encuentra a 164 kilómetros de Buenos Aires y a 141 de Rosario, ambos por la Autopista Buenos Aires- Rosario.

SPIRO, CAPITÁN SAMUEL: (E-O) se trata de una calle de cuatro cuadras de extensión, que corre entre Zelada y Zequeira, desde Albariño hasta Larrazába. Su denominación fue impuesta por la Ordenanza N° 10.340 de 1939, BM N° 5.553. Miguel Samuel Spiro, que falleció en 1814 y se desconoce su fecha de nacimiento, fue un marino de origen griego que actuó junto al almirante Guillermo Brown en 1813 y 1814. Murió en el combate de Arroyo de la China, al volar la balandra Carmen que estaba bajo su mando.

SUÁREZ, JUSTO ANTONIO: (E-O) esta calle, que corre paralela entre San Pedro y Gregorio de Laferrer, nace en avenida de los Corrales y poco después de flanquear el estadio de Nueva Chicago, finaliza en General Paz. Su nombre fue impuesto por la Ordenanza N° 47.339 de 1993, BM N° 20.103. Justo Antonio Suárez (1909-1938), conocido popularmente como “el Torito de Mataderos” fue un deportista, campeón argentino y sudamericano de boxeo en las categorías Pluma y Livianos. Combatió en los Estados Unidos pero su salud lo obligó a abandonar tempranamente el deporte, para fallecer poco después en la miseria absoluta con una de sus hermanas al lado y lejos de toda la gloria que lo había acompañado.

TANDIL: (E-O) esta calle, que corre entre Directorio y Remedios, se inicia en Pedernera, barrio de Flores, y desde allí atraviesa los barrios de Parque Avellaneda y Mataderos hasta finalizar en la avenida General Paz. Su denominación fue impuesta por una Ordenanza del 27 de noviembre de 1893. Hace referencia a la ciudad, partido y serranías de la Provincia de Buenos Aires, que se encuentra ubicada en el centro-este de la provincia. Se halla sobre las sierras del sistema de Tandilia. Fue fundada por el brigadier general Martín Rodríguez, gobernador de la provincia de Buenos Aires en 1823, con el nombre de Fuerte Independencia.


Marcelo Petris


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EL RESERO, DE LA PAMPA A MATADEROS (SEGUNDA PARTE)


Hombre de a caballo. La figura del resero sigue siendo todo un símbolo en el predio del Mercado de Hacienda. Por eso, por ejemplo, a Mataderos se lo denomina el barrio “gaucho porteño”.

07/9/2019

Un recorrido por la historia del gaucho que guía el ganado montado en su fiel compañero, el caballo


Hace algunos años, la museóloga Zulema Cañas Chaure, presidenta de la Asociación Civil “Foro de la Memoria de Mataderos”, elaboró un interesante trabajo de investigación destinado a develar la historia de un personaje que, aún hoy, es todo un símbolo en Mataderos: el resero. Lo dedicó a la memoria de su padre, Héctor Oscar Cañas, quien fuera resero y domador bonaerense. “Nos dejó en la sangre el aroma de las pampas en la huella de los caminos andados, sintiendo en el alma la tradición gaucha”, enfatizó la autora. La segunda entrega de ese trabajo, se publica a continuación.


La Pampa fue el medio natural donde vivió y trabajo el Resero, una llanura cubierta por inmensas praderas verdes, con cardos que crecían hasta la altura del hombre formando una maraña, por entre la cual el ganado formaba un laberinto de sendas, en las que se aprecian también hierbas más duras y espinillos. El silencio y la soledad era el distintivo común del norte al sur, dentro de un horizonte circunscrito a lo que el hombre podría ver montado a su caballo. Con clima templado y húmedo regado, por cursos de agua, con algunas depresiones donde se acumulaba el agua de las lluvias formando lagunas y bañados donde abrevaban las aves. Habitaban en ella animales como avestruz, zorro, vizcacha, mulitas, liebres, perdices, y peludos, entre otros. Muy pocas cosas había que pudieran servir de mojón o marca para distinguir los lugares, pero en las regiones del centro y sur solía hallarse algún ombú al lado de una tapera solitaria, o dando sombra a un rancho. Todo era espacioso, la tierra, el cielo, los maravillosos juegos de luz, las tempestades furiosas y, sobre todo, el ánimo de los hombres que se sentían libres, cara a cara con la naturaleza, bajo hondos cielos meridionales.

La zona bonaerense fue una de las áreas de difusión del caballo en las pampas, los primeros equinos llegaron con Pedro de Mendoza, fundador de Buenos Aires en 1536. Al abandonar ese caserío en 1541 se perdieron entre una y cuatro decenas de caballos, que hallaron el hábitat propicio en el pastizal pampeano y se reprodujeron asombrosamente, originando al ganado cimarrón. El ganado vacuno aparece en distintos momentos a partir de 1550, y algunos años después con los asunceños fundadores de Santa Fe. En el siglo siguiente, cuatro vacunos “alzados” (es decir reunidos en las estancias coloniales, sin cercos) originaron una abundancia en vacas cimarronas. Con su cuero, los indígenas hacían corazas y toldos, y boleadoras con los tendones. Las vacas también eran parte de su dieta de subsistencia, junto con la carne de caballo.

Estas tierras no había oro ni plata ni ningún otro valor que pudiera ser tomado con el criterio mercantilista de la época, eran utilizadas solamente como un lugar que servía para trasladarse a otros, era la puerta a las tierras del norte, que si tenían plata y comunidades con avanzado nivel cultural. Fueron necesarias cuando la revolución industrial posibilitó el comercio mundial valorizando los productos primarios como cuero, tasajo, lana, carne, cereal, etc., que se podían obtener en estas regiones. Su primera industria consistió en la explotación del cuero, astas y grasas con una técnica que no requería ningún tipo de instalaciones. Aparecen entonces las primeras estancias de gran superficie, a partir de esta economía ganadera se va a desarrollar una cultura cuyo producto social es el “gaucho”.

El gaucho es el principio nativo del arquetipo de argentino, amalgama de tierra y hambre criado “a campo” e inseparable de su mejor amigo, el caballo. El gaucho se ha caracterizado por su sentido hospitalario y por tener una fisonomía tan singular que lo distingue de cualquier otro habitante. De sólidos principios, es ajeno al sectarismo político, cultiva sin alardes el patriotismo y participa de las creaciones de la estética en sus artesanías, que aplica tanto a la platería y al hueso como a los tejidos o el trenzado en cuero. Es poeta y músico, autor, intérprete y bailarín. Respeta a la mujer y tiene algo que es propio de los seres de excepción: siente el orgullo de ser quien es. Campesino rioplatense, jinete por excelencia, diestro en los trabajos de ganadería y el manejo del lazo, las boleadoras y el facón, que eran sus elementos de trabajo. Hombre sencillo, con gran criterio, resolución y habilidad. Trabajó siempre con relación a su idiosincrasia, se conchababa en yerras, domas, rodeos, arreo, de baquiano, de guía. El gaucho nunca trabajó de mensual, lo hizo de palabra, su palabra era sagrada. Jugó su vida por ella y pospuso sus vicios para cumplirla, exigiendo de los demás lo propio. En su vida común siguió los impulsos primitivos, desdeñó las comodidades del poblado, su rancho fue un albergue básico y esporádico, su cubil fue el recado.

A medida que el ganado cimarrón se fue agotando, se fue organizando otra economía más progresista con revalorización del campo y sus productos. Este proceso fue lento, pero hacía 1810 aparece el primer saladero en Buenos Aires para elaborar tasajo, establecido por dos ingleses: Staples y Mc Nelly, cuya producción era destinada a la exportación. En 1815 Rosas, Terrero y Dorrego abrieron otro saladero más importante y organizado. Fue en allí donde el gaucho desarrolló su labor como resero, arreando el ganado desde el interior de las provincias a estos establecimientos. (Continuará).


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ZAPATERO A TUS ZAPATOS


01/9/2019

Cuando calzarse era un lujo accesible en Liniers. Un recorrido por las zapaterías más emblemáticas del barrio

Por Daniel Aresse Tomadoni (*)


Días pasados viendo avisos antiguos de famosos locales comerciales (soy un ávido coleccionista de todo lo referente a la publicidad de antaño) recordé un rubro que tuvo su época de esplendor en mi querido Liniers. Me refiero concretamente a las zapaterías.

En los años 50 y parte de los 60, el barrio contaba con sucursales de las prestigiosas casas “del Centro”, todas con grandes locales y una atención de primera, como era costumbre en ese entonces. Así puedo recordar los nombres de esas famosas casas que ahora brotan en mi mente. La primera que me aparece es Iglesias, en la Galería Liniers; también estaba Calzados Tonsa, al lado de las desaparecidas Academias de Peluquería Oli, General Paz y Rivadavia; y Miguel Palmer (a través de su agente oficial, Calzados López, en Carhué y Rivadavia, que aún continúa funcionando), por mencionar algunas.

Pero también estaban las locales. Como Calzados Lisboa, con sus largas vidrieras en Ramón Falcón y General Paz. Muy cerca de allí se agregaban Sagarco, en la Galería San Francisco; la eterna Mercurio -sobre Rivadavia, en la misma cuadra de Rex- con sus zapatos “accesibles para la dama y el caballero”; El Triunfo y Real, sobre la esquina de José León Suárez. Luego llegaron Izquierdo y Roal, sobre Rivadavia, en la cuadra de las galerías, y cerca de allí, Calzados Alicia, en Ramón Falcón y Carhué, que aún continúa atendiendo.

Todos competían en ofertas y calidad durante todo el año. Pero para los más chicos, “la zapatería”, era sin dudas, Grimaldi, por el simple hecho de poseer en su salón de venta una calesita. Eso era un imán al que no podíamos resistirnos. Recuerdo esas vidrieras, los mostradores lustrosos de madera clara al igual que el piso de pinotea ¡Y cómo olvidar el clásico medidor de hormas! donde el vendedor se sentaba al tiempo que, con toda la paciencia del mundo, apilaba cajas de zapatos hasta dar con el modelo y la horma correctos, con los que el cliente se sintiera satisfecho.

Un capítulo aparte merecen las zapatillerías del barrio. Y allí la más emblemática era El Revoltijo, luego llamada Remolino, que se destacaba por su colorido en General Paz y Rivadavia, lado Provincia. En ese local abierto al paso de la gente, una mesa gigante mezclaba zapatillas y zapatos de distintos colores, modelos y talles. Con sólo elegir uno, el par lo esperaba en una caja de cartón para ser adquiridos. Otra de las más famosas zapatillerías fue La Esmeralda, en Rivadavia entre Cosquín y Timoteo Gordillo. Las casas de deportes complementaban ese rubro: y allí sobresalían Winograd, sobre Rivadavia y Lisandro de la Torre (hoy en Carhué y Ramón Falcón); King Sports, en Ramón Falcón y Carhué; City Sports en la Galería Crédito Liniers; y Helueni Sports, en General Paz e Ibarrola, ya en Ciudadela.

Postales todas de una época hermosa, que una vez más –como cada mes- llegaron a este rincón de los recuerdos inolvidables de mi querido Liniers. Hasta la próxima.


(*) Aresse Tomadoni es director general de Multinet (Radnet/La Radio, El Viajero TV, Club de Vida TV)


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