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** COSAS DE BARRIO WEB - Edicion 184 **
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BOQUERÓN, AQUEL ENCANTADOR PARAÍSO DE TIERRA


Sueños de papel. Las antiguas zanjas de Boquerón, a metros de General Paz, se transformaban en los días de lluvia en el espacio ideal para los entrañables barquitos de papel de diario.

24/06/2018

El recuerdo de una calle con aspecto de cortada, cuando Liniers era oasis de tranquilidad y casas bajas


Por Daniel Aresse Tomadoni (*)


Durante mi infancia en Liniers, muchas de sus calles, incluyendo Boquerón, frente a casa, recién tuvieron su pavimento a comienzos de los años 70’. Hasta entonces, en sus épocas de barro, la buena voluntad de los vecinos que arrojaban escombros, ayudaba a convertirlas en mejorados transitables y lugar de estacionamiento de los rodados que algunos vecinos tenían.

Pero, sin dudas, el encanto de esas calles eran sus zanjas, profundas y tentadoras hacia ambos lados de la calzada. Esos lugares dejaban paso a la aventura infantil, no sólo los días de lluvia con las carreras de los barquitos de papel, sino también a la hora de las escondidas, cuando resultaba inevitable introducirnos en los caños que pasaban por debajo de los cruces de las calles. En su espesura de pastos y flores silvestres, las langostas y las chicharras emitían su concierto del día, mientras que a la noche los grillos y los sapos entonaban cantos más afinados.

Días de gloria en esa cortada con salida a General Paz y Humaitá. De chico, horas de calle haciendo mil juegos de día y de noche, y en verano se prolongaban hasta casi la medianoche y florecían los personajes más queridos: los vecinos que salían a tomar “la fresca” con su banquito, el espiral y la radio portátil, mientras nos cuidaban fielmente. Tampoco dejaba de recorrer el barrio el diarero, con la 5ª y la 6ª de La Razón, y más tarde con Crónica. De vez en cuando aparecía mágicamente algún heladero, tanto durante el día como en las más tórridas noches de verano.

Por supuesto esas noches tenían su encanto y su misterio cuando los grandes nos asustaban con “el viejo de la bolsa” y otros tantos personajes que le metían miedo a nuestra inocente infancia. Por entonces, en Liniers abundaba el verde con sus plazas, parques y zanjas. Claro que el progreso se encargó de quitarnos de a poco nuestro paraíso, haciendo desaparecer los enormes parques de General Paz, sembrando las calles de pavimento y encorsetando en el recuerdo a la entrañable canchita de Boquerón. Lugares todos muy caros a nuestros sentimientos, que siempre van a estar en un rincón de nuestro corazón perpetuando momentos inolvidables de aquel Liniers que yo viví. Hasta la próxima.


 (*) Aresse Tomadoni es director general de Multinet (Radnet/La Radio, El Viajero TV, Club de Vida TV)


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VEREDAS QUE YO PISÉ


27/06/2018

El significado de los nombres de las calles del barrio


Tal como viene ocurriendo desde hace algunos años, la intención de esta columna es descubrir los diversos nombres de próceres, batallas, ciudades, fragatas, árboles y pájaros que, escondidos tras el nombre de una calle, una cortada o una avenida, recrean a diario los paisajes típicos de nuestro barrio. Inmiscuirse en su origen e investigar el trasfondo del -en principio- frío nombre de una calle, significa estrechar los lazos de afinidad que naturalmente unen a los vecinos con su barrio de pertenencia.

CUYO: (corre en dirección Norte - Sur) Nombre impuesto por el Decreto N° 3.869 de 1944, BM N° 7.240. Ubicado al extremo sudeste de Mataderos, esta cortada de tan solo una cuadra corre entre Guardia Nacional y Basualdo, desde Chamical hasta la avenida Eva Perón. Hace referencia a la antigua provincia argentina que comprendía a las actuales de San Juan, San Luis y Mendoza. Pero además, es éste un nombre tradicional de Buenos Aires, pues, entre 1822 y 1911 se denominó así a la actual calle Sarmiento.

DIRECTORIO: (E-O) Denominación impuesta por la Ordenanza del 11 de noviembre de 1893. Esta tradicional avenida se inicia en avenida La Plata y, luego de atravesar el barrio de Mataderos, finaliza en la avenida General Paz. Hace referencia al poder ejecutivo creado por la Asamblea de 1813, que gobernó el país desde enero de 1814 hasta febrero de 1820.

ERASMO: (E-O) Su nombre fue impuesto por la Ordenanza N° 2.411 del 28 de diciembre de 1927, BM N° 1.322. Este pasaje de apenas dos cuadras de largo, se extiende desde José León Suárez hasta la colectora de General Paz, entre Tapalqué y José Enrique Rodó. Desiderio Erasmo (nacido en 1467 y fallecido en 1536) fue un pensador y humanista holandés; precursor del liberalismo, cuyas obras fueron editadas por primera vez por Froben bajo el nombre de Opera omnia Desiderii Erasmi.

ESTONIA: (N-S) Denominación impuesta por la Ordenanza N° 2.410 del 21 de diciembre de 1927, BM N° 1.319. Se trata de otro pasaje, en este caso de 120 metros de extensión, que corre desde Juan B. Alberdi hasta Bragado, entre Montiel y José León Suárez. Rinde homenajea al estado báltico situado en el norte de Europa y cuya capital es Tallín. Estonia se rige por el sistema republicano de gobierno, con un presidente elegido por cinco años por el parlamento unicameral. El gobierno o poder ejecutivo es ejercido por el primer ministro, designado por el presidente, junto con otros 14 ministros con cartera.


Marcelo Petris

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EL BAR DE LOS SUEÑOS ROTOS


26/06/2018

“El Récord”, funcionó hace décadas en Rivadavia y Fonrouge. La vieja vitrola y su encargada, aun perduran en el recuerdo de varios vecinos


Por Ignacio Messina (*)


Son las 7 de la tarde del sábado 9 de junio y me puse a escribir esta nota. Pese al frío y al clima desapacible ha sido un día bello. Acabo de regresar de mi habitual caminata por el barrio, donde ya se respira el clima del Mundial y hasta algunos vecinos han optado hacer flamear la celeste y blanca en el frente de sus casas.

Al transitar una vez más las calles de mi querido Liniers, me encontré con diferentes cafés y lugares donde “la ñata contra el vidrio” me hizo recordar viejas historias. Y en ese viaje evocativo, donde los recuerdos se entremezclan y fluyen a borbotones, caí en la cuenta de todos aquellos lugares de otros tiempos no tan lejanos que se han ido perdiendo.

De pronto se me aparece entonces el histórico puente peatonal de la Estación Liniers; el empeño de los comerciantes cuando crearon la comisión para poner las primeras luces; el mercado de frutas y hortalizas; las calles adoquinadas; los viejos comercios que ya no están; los clubes; los obreros del ferrocarril; las casitas baratas; los cines; las plazas de antaño; los doctores y los dentistas; los bares, los colectivos con sus números originales; el ferrocarril; el tranvía… Las imágenes se superponen y no dejan de proyectar recuerdos.

Es que ha pasado mucho tiempo desde que los pioneros transitaron estos lares con carros y botas en calles de tierra, que se inundaban de esquina a esquina, y los puentes se transformaban casi en una bendición. Mi mente se va a aquellos años y pienso lo importante y sacrificado que era la vida por entonces.

Unos de esos puentes estaba en la esquina oeste de Rivadavia y Fonrouge, justo donde se encontraba el bar el Record, café con vitrolera.

Gracias al recuerdo de un amigo y vecino, don Pepe Arezi, quien partió hace unos años, es que puedo hacer esta recapitulación de las cosas y hechos que entretenían a los jóvenes y no tan jóvenes por esos años en aquel bar de Liniers.

En el ángulo sudoeste del local se levantaba un palco donde, durante el día, podía verse una vitrola callada y una silla vacía. Casi debajo de ese lugar comenzaban a alinearse las mesas de billar. El resto del local era ocupado por las tradicionales mesas de café, donde algunos pocillos y un cenicero eran los privilegiados espectadores de una escalera servida, un full, un póquer o una generala, que a veces se dormía sobre la superficie de madera lastimada por el incesante repiquetear de los dados. En un rincón más alejado solían guardarse “los trapos” con la V azulada, que cada domingo se retiraban minutos antes de salir en las bañaderas rumbo a otros estadios o a la función de “el Fortín”, si la justa era como local.

Pero cuando llegaba la noche, El Record, mudaba su fisonomía. Se corrían las cortinas de las vidrieras y el palco era ocupado por “la Vitrolera”. Sentada al lado del novedoso instrumento cruzaba sus hermosas piernas dejando ver algo más de lo usual pero menos de lo que todos querían ver.

Era el tiempo de los discos de pasta de 78 revoluciones por minuto, con sólo un tema por faz. El disco giraba sobre el plato de la vitrola, gracias a un procedimiento mecánico llamado “cuerda”. Dando varias vueltas a la manija la cuerda mecánica se tensaba y luego, al quitarle el freno al plato, el disco comenzaba a rodar y un pickup cromado, con una membrana redonda y una púa de acero en su extremo, reproducía la voz. Nada de electricidad, todo mecánico.

Cuando la noche del café era invadida por la siempre seductora Vitrolera, el billar, los dados y el dominó se convertían en una mera excusa para aliviar la tensión que aquella seductora mujer despertaba. Mientras tanto ella, haciéndose la desentendida, leía una revista, al tiempo que un tango sonaba en la vitrola. Pero llegado el momento de dar vuelta o cambiar el disco, la mujer –con toda intención– movilizaba su sensual humanidad a fin de atizar el deseo de los clientes.

Hoy esa mítica esquina la ocupa un local de telefonía. Nada se supo desde entonces de la Vitrolera, aunque cada vez que suena un tango por Rivadavia y Fonrouge, su imagen sensual parece volver a flotar en el aire.


(*) Messina es historiador, vecino y enamorado del barrio de Liniers.

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