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EL RESERO, DE LA PAMPA A MATADEROS (úLTIMA PARTE)


Símbolo gaucho. El monumento al Resero, obra del escultor Emilio Sarniguet, representa un homenaje permanente a quienes con su caballo construyeron la esencia del barrio de Mataderos.

01/11/2019

Un recorrido por la historia del gaucho que guía el ganado montado en su fiel compañero, el caballo


Hace algunos años, la museóloga Zulema Cañas Chaure, presidenta de la Asociación Civil “Foro de la Memoria de Mataderos”, elaboró un interesante trabajo de investigación destinado a develar la historia de un personaje que, aún hoy, es todo un símbolo en Mataderos: el resero. Lo dedicó a la memoria de su padre, Héctor Oscar Cañas, quien fuera resero y domador bonaerense. “Nos dejó en la sangre el aroma de las pampas en la huella de los caminos andados, sintiendo en el alma la tradición gaucha”, enfatizó la autora. La última entrega de ese trabajo, donde se detalla la labor y la radicación en la Ciudad de los reseros, se publica a continuación.


Los Mataderos se iniciaron en 1775 a partir de una Real Cédula expedida por el rey de España y funcionaron cerca del Riachuelo y también en la zona Oste. Posteriormente fueron trasladados varias veces por distintas causas, hasta que en 1872 se inauguraron los “nuevos corrales del Sud” –en el actual barrio de Parque Patricios- con un diseño sencillo pero sumamente efectivo. Los reseros traían el ganado en arreos desde el interior, cruzando el Riachuelo por el paso de Burgos (Puente Alsina) o por paso de la Noria (Puente de la Noria). Claro que las dificultades para realizar el cruce no eran pocas, en especial los días de lluvia, cuando todo parecía depender de la habilidad del resero para que los animales no quedaran atascados en el agua o se dispersaran.

Generalmente se dividía la tropa en tres partes, los más gordos, en dos lotes grandes, y luego el lote de desecho que se vendía por casi nada. El día que entraban tres mil cabezas la plaza quedaba abarrotada, y si seguía unos cuantos días esta entrada, la única salvación eran los saladeros de los Roca y los Repetto, quienes venían y elegían a su gusto los novillos que querían comprar.

Las tropas de hacienda venían de La Tablada, después de revisarse, en lo que se llamaba la plazoleta -que era un gran hueco frente a lo que hoy es la Iglesia de Nueva Pompeya- entraban por la calle de la Arena, única empedrada en aquella época y rodeada por terrenos bajos, que en tiempo lluvioso eran pantanos bastantes profundos. Los consignatarios iban a buscar sus tropas y su orgullo era ir bien montados. En ese sentido las crónicas de la época reflejan la actitud de los caballos “tan bien amansados y lindos” de aquellos tiempos. Las yeguadas eran muchas en las estancias, los caballos valían poco y los estancieros tenían placer en que un animal sobresaliente de su marca se luciera en aquellas jornadas.

Luego las animales eran conducidos a la “Tablada”, donde permanecían en cuarentena para chequear marcas y separar animales enfermos. El sitio de esta “Tablada” es el actual Parque de la Ciudad.

Los procedimientos de la matanza eran casi los mismos que en el anterior matadero, similares a los relatados por Esteban Echeverría en su emblemático libro “El Matadero”.

Los Corrales del Sud o “Corrales Viejos” estaban ubicados en el terreno del actual Parque Patricios. Pero cuando una gran inundación anegó casi por completo la entrada de la hacienda al matadero, se pensó en su traslado a una zona más alta. Por tal motivo se eligió el predio denominado “los Altos de Liniers”.

La administración de los nuevos Mataderos –en su ubicación actual- fue inaugurada el 21 de marzo de 1900 por el presidente Julio Argentino Roca y el intendente Rodolfo Bullrich. Se trata de un edificio italianizante, que conforma un conjunto exento de las construcciones vecinas ubicada en la confluencia de dos avenidas, las actuales Lisandro de la Torre y De los Corrales. La construcción de planta en “U” abraza una pequeña plazoleta, con una calle adoquinada que la circunda. En esa plazoleta hoy se destaca la estatua del Resero. En la fachada del cuerpo principal, que enmarca el acceso a los mataderos, se yerguen los grandes pilares sobre los que se descargan los arcos de medio punto de las galerías. Dos alas laterales, de menor altura, convergen en un espacio central con recovas. En estas mismas recovas se instalaron una especie de habitaciones muy sencillas, en las que pernotaban los reseros al llegar con sus tropas de ganado.

Con la instalación de una red ferroviaria dentro del mercado y, posteriormente el transporte de carga automotriz, se fue condicionando a los reseros al trabajo en el interior de los mataderos, donde actualmente se dedican a distribuir el ganado para su venta y al trabajo rural.

La administración de los Mataderos fue un gran proyecto, cuyo crecimiento constituyó la formación del barrio de Mataderos, la instalación de frigoríficos, graserías, curtiembres y otros emprendimientos derivados., desarrollando en la región un gran crecimiento económico, demográfico y cultural. El resero participó de todos estos cambios que se produjeron a través del tiempo, siendo un símbolo para el barrio de Mataderos, que cuenta hoy con su propio monumento frente al edificio central de la administración de los Mataderos, para no perder de vista el símbolo del patrimonio rural en el corazón de la Ciudad.


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LA INFANCIA ANTES DEL APOGEO DE LA ERA DIGITAL (úLTIMA PARTE)


>Echar a volar los sueños. El barrilete sigue siendo uno de los entretenimientos más cautivantes para varias generaciones. El armado ya constituye todo un desafío.

06/10/2019

Una mirada nostálgica al barrio del siglo pasado, cuando el disfrute no dependía de la pantalla táctil


Gerardo Muzlera Money, vecino e integrante de la Junta de Estudios Históricos del Barrio de Liniers, propone cerrar los ojos por un instante y tratar de imaginar la vida diaria sin el influjo permanente de los medios digitales. Un viaje imaginario por el túnel del tiempo que vale la pena leer. Aquí, la última entrega.


El placer por la lectura comenzó cuando empezamos a descifrar el libro de “UPA”, en mi caso fue abierto por los cuentos infantiles pergeñados por Constancio C. Vigil: “Siete chalecos”, “Aventuras de un botón”, “El ganso bromista”, “El Mono relojero” en fin, un rimero de lecturas que, a la manera de fábulas, nos dejaban alguna moraleja.

Más tarde nos acompañaron los libros de aventura. Dos colecciones se disputaron, básicamente, la atención de nuestra niñez: “El Tesoro de la Juventud” y la colección “Robin Hood”, esa de tapas amarillas. “Un viaje al país de los Matreros”, “Aventuras de Marco Polo”, “Bomba”, “Azabache” y tantos otros poblaron nuestra mente con fantasías y aventuras por paisajes desconocidos.

Las manualidades también ocuparon un lugar importante en nuestra infancia. Al estilo de “Hágalo usted mismo”, que proponía alguna revista de mecánica de entonces, arremetíamos contra el depósito de trastos -que cada hogar habría de tener- para hurgar y luego encontrar aquellas cosas que pudieran servir a nuestros objetivos. Uno de ellos fue el “teléfono” de hilo. Con el mismo hilo de algodón que usábamos para remontar barriletes, conectábamos en cada extremo una lata de conserva usada y destapada. Por un pequeño agujero hecho en el fondo pasábamos el hilo que lo anclábamos con varios nudos. Alternando la oreja o la boca dentro de la lata y tensado el piolín, manteníamos curiosas conversaciones a distancia.

Además, con la horqueta de la rama de algún árbol de la vereda fabricábamos una gomera. Según los elementos disponibles o que se pudiera conseguir, un pedazo de cuero obtenido de desechos en lo del zapatero remendón, servía para depositar el proyectil a lanzar; un par de resortes de 15 a 20 centímetros o bien bandas de goma fabricadas con cámara de bicicleta, piolín o alambre para fijar a la horqueta, eran imprescindibles para este fin.

Los palos de escobas desechados, por su parte, fueron muy útiles para distintos propósitos. Por ejemplo para fabricar zancos. Se les adosaba un par de tacos de madera, clavados a media altura y listo, a intentar caminar con ese artilugio. Claro que inevitablemente se aprendía a los porrazos.

Pero el clásico de entonces, fue la fabricación del barrilete: “media bomba”, “media estrella”, “araña”, o la simple “tarasca”, hecha de caña y papel de diario y específica para jugar a la “cortadita”. Esto es remontarla y maniobrar tratando de cortar el hilo con el pedazo de vidrio o “yilé” atado a la cola, de los que aceptaron el desafío.

Las denominadas enfermedades del crecimiento (sarampión, rubeola, escarlatina) en cada ocasión nos dejaban varios días de cama, aburridas jornadas que no terminaban jamás. Pero algo había que hacer para luchar contra el tedio. El costurero fue una alternativa. Con dos grandes botones de sobretodo o tapado, cosidos por su parte convexa, bis a bis, improvisábamos un mini yo-yo con el que pasábamos horas jugando. Con uno solo, pasábamos un hilo de algodón por los agujeros alternos y con el simple movimiento de aflojar y tensar obteníamos un botón en revolución en alta velocidad.

En esa instancia de paciente de una eruptiva, una variante para matar el aburrimiento también fue usar un viejo carretel de madera olvidado en el costurero. Con alfileres clavados alrededor del agujero central, usábamos una aguja crochet para subir alternadamente el hilo de lana que enrollábamos paulatinamente, obteniendo algo así como un forro para lápiz. Algo totalmente inútil, pero que ¡vaya si nos entretuvo!


Comercio y servicios a domicilio


Corrían los años ’40 y la vida cotidiana en Liniers era amenizada por un nutrido rimero de actividades comerciales y de servicios que eran acercados a nuestro hogar, advirtiéndonos de su presencia voceando sus ofertas o golpeando las puertas, una manera de decir, porque la de calle estaba alejada de la cancel. Entonces la cuestión era aplaudir para que uno lo pudiese escuchar.

Dos o tres veces por semana, el carrito del verdulero-frutero estacionaba en la esquina de El Mirasol y Boquerón. Desde allí avisaba a las vecinas de su presencia, haciendo bocina con una mano. Y mientras acomodaba la mercancía en el carrito, de a poco iban acercándose las compradoras con la bolsa de tela o confeccionadas con recortes de cuero, quienes abandonaban las tareas que estaban realizando para ver lo que podía servirle en la elaboración de la comida del día.

El dueño, con su carrito empujado a mano, sin el auxilio de un equino, entendía bien su negocio. Estableciendo una rutina semanal, presentándose uno o dos días en un horario determinado por la mañana, las vecinas podían ahorrarse su pasaje por la verdulería-frutería habitual en su circuito cotidiano de compras para la casa. Tenía las paradas prefijadas y con su balanza romana medía la venta a satisfacción del consumidor.

Naturalmente es apenas un ejemplo de los muchos que recuerdo. Y para no aburrir menciono simplemente aquellos abonados o de cotidiana rutina que anunciaron de viva voz o golpearon sus manos en la puerta de casa. El lechero, el sodero, el zapatero, el reparador de ollas y cacerolas, el vendedor de repasadores, sábanas y toallas, el canastero, el churrero, el vendedor de pescado, el botellero, el hielero, el diariero, y el carbonero (teníamos cocina económica). Y para alegría del piberío el sonido mágico del organillero, el manisero, el barquillero y el heladero. Suficiente para hacernos correr y arrinconar a nuestras madres con el clásico “¿Me comprás? dale ¿me comprás?

Tengo muchos más recuerdos. Pero creo que con lo dicho podrán comprender someramente como fue crecer en ese retazo particular de la ciudad que fueron y son las “Mil Casitas de Liniers”, ese barrio dentro del barrio que abrió sus puertas al oeste y en el que me tocó crecer y vivir casi en el comienzo de su existencia. Las siestas cargadas de silencio de los veranos, sus pasajes de jacarandás y paraísos dejaron huellas indelebles con un sabor a nostalgia que me impulsa cada tanto a volver. Aunque más no sea, a través de los recuerdos.


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AROMAS DE BARRIO CON SABOR A NOSTALGIA


Perfumes de la infancia. Hay aromas de la niñez que llevamos guardados para siempre. Muchos de ellos, tan singulares como inequívocos, están vinculados a los comercios del barrio.

28/10/2019

Una recorrida por aquellos comercios de Liniers que lograron instalarse en la memoria emotiva a través de los sentidos

Por Daniel Aresse Tomadoni (*)


Días pasados recordaba a aquellos locales donde se vendían comestibles sueltos. Si bien esa forma de expendio nunca dejó de utilizarse –e incluso en algunos rubros se potenció con los años- aun permanece en mi memoria olfativa y visual esa mezcla de sabores y olores que endulzaron mi niñez.

Uno que particularmente me atraía era el de una vinería cerca de casa, cruzando una General Paz por entonces angosta. Esa esquina contaba con cuatro o cinco enormes barriles, de donde se expendían los distintos tipos de vino, fueran tintos, blancos o rosados. De la canilla brotaba ese líquido rojizo y espumante que liberaba una fragancia única. Cerca de allí funcionaba una casa de aceites sueltos en el recordado Mercado General Paz. Allí, las ampollas de vidrio permitían ver el líquido que fluía a las botellas que iban y venían de casa, ya que eran mucho más sanas que los primitivos plásticos de entonces. Como premio a mi curiosidad, solían regalarme una tapita corona de chapa.

Muy cerca de allí, una gran casa de fiambres, quesos y encurtidos hacía las delicias de mis sentidos. La Gran Vía siempre contaba con quesos bien estacionados, fiambres selectos y los tradicionales barriles, donde nadaban aceitunas de todo tipo, pickles y frutas secas. Además, algún bacalao seco como una tabla, colgaba en un rincón del local. No faltaba alguien que en medio de la nutrida clientela, manoteara esos barriles en búsqueda de alguna de esas aceitunas. Este tipo de locales siempre fue un éxito en Liniers, tal es así que al mencionado, debemos agregar la tradicional Fiambrería Scotti, en Rivadavia y Montiel, Frutas del Oro sobre Cuzco y otro local en Falcón, entre José León Suárez y General Paz.

Pero hablando de fragancias y ventas a granel, recuerdo una vieja carbonería en José León Suárez cerca del Club Amanecer, que luego devino en almacén sin cambiar de rubro. Así, al concurrir a comprar comestibles, se podían apreciar también las montañas de carbón para vender suelto al mejor estilo de un almacén de ramos generales. El tiempo -y las inspecciones- lograron eliminar esa enorme montaña reemplazándola por prácticas bolsas de plástico con el carbón ya envasado.

Dos confiterías tradicionales del barrio daban la bienvenida con fragancias dulces que emanaban desde sus salones y vidrieras: Fierro, en su inmenso local de General Paz, y Galeón, en Montiel entre Ibarrola y Ventura Bosch. El transeúnte se sentía transportado en esa inolvidable mezcla de dulce y salado.

Para finalizar este periplo, dos lugares sobre Rivadavia le daban crédito a las frituras: la Pizzería Liniers, con sus empanadas fritas a la vista y, en invierno, la heladería Fratelli, en la Galería Crédito Liniers, se convertía en un local dedicado a la venta de chocolate con churros, pero sólo fue durante un par de años, algo que después puso en práctica Cuore sobre la calle Montiel.

Así hemos transitado un camino de fragancias y sabores que he vivido en mi querido barrio de Liniers. Hasta la próxima.


 (*) Aresse Tomadoni es director general de Multinet (Radnet/La Radio, El Viajero TV, Club de Vida TV)


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EL RESERO, DE LA PAMPA A MATADEROS (TERCERA PARTE)


Rincón gaucho. Las pulperías, con sus infaltables palenques para los caballos, eran parada obligada para los reseros. Aún hoy subsisten algunas.

04/10/2019

Un recorrido por la historia del gaucho que guía el ganado montado en su fiel compañero, el caballo


Hace algunos años, la museóloga Zulema Cañas Chaure, presidenta de la Asociación Civil “Foro de la Memoria de Mataderos”, elaboró un interesante trabajo de investigación destinado a develar la historia de un personaje que, aún hoy, es todo un símbolo en Mataderos: el resero. Lo dedicó a la memoria de su padre, Héctor Oscar Cañas, quien fuera resero y domador bonaerense. “Nos dejó en la sangre el aroma de las pampas en la huella de los caminos andados, sintiendo en el alma la tradición gaucha”, enfatizó la autora. La tercera entrega de ese trabajo, donde se detalla la labor y la radicación en la Ciudad de los reseros, se publica a continuación.


Desde las estancias a los saladeros, los gauchos que se encargaban del arreo se denominaban “reseros” o troperos que ahondaban caminos difíciles y peligrosos para transportar la hacienda desde lugares muy distantes. Los largos trayectos los obligaban a cabalgar por muchas horas, soportar tormentas e intensos vientos, el sol intenso curtía sus caras y cuando los vencía el agotamiento se dormían andando a caballo. Hacían noche donde podían, casi siempre en cielo abierto, donde juntaban ramas secas y aprontaban fuego para asar la carne, su principal alimento, en los momentos de descanso compartían el mate con sus compañeros de viaje, mientras relataban hazañas pasadas e historias de aparecidos. Acostumbrados a la quietud de la llanura, sólo oían los cencerros y los balidos de la hacienda. A la mañana temprano iniciaban nuevamente su marcha marcando el tranco lentamente, donde gente y ganado se fundían en el camino.

Su indumentaria era de gaucho pobre. Sombrero, poncho y un simple chanchero (cinturón de cuero de chancho) le rodeaba la cintura. La blusa corta se levantaba un poco sobre un cabo de hueso (mango), del que pendía el rebenque, chaleco, pañuelo de color al cuello, calzado con botas de potro y espuelas. Más abajo el chiripa (paño cuadrado que se usaba sobre calzoncillos, pasándolo entre las piernas) sujeto a la cintura por medio de una faja, que fue cayendo en desuso y se reemplazó por las bombachas, pantalón amplio sujeto en los tobillos, tal como lo describió con maestría don Ricardo Güiraldes en su emblemático “Don Segundo Sombra”.

El trabajo del resero consistía en enlazar, pialar, carnear, domar, hacer riendas, bozales y cabrestos, lonjear, sacar tientos, echar botones (confeccionar, en cuero u otro material, los botones usados para el cabresto o los estribos), esquilar, tusar, bolear, y hasta curar el mal de vaso, una hinchazón del vaso del caballo, acompañada de mucha fiebre. Muchos aseguran que puede curarse con pinceladas de huevo batido y engrasándolo por dentro con unto sin sal o bien cauterizándolo con hierro caliente y poniéndole un fuerte vendaje de arpillera. También se especializaban en curar el haba, ese bulto carnoso que se suele formarse en el paladar de los caballos, junto a los dientes. El resero lo solucionaba extirpándolo con un cuchillo bien afilado.

Las pulperías también constituían un servicio para el resero, ubicadas preferentemente en los cruces de camino. Allí se expendían algunos comestibles y los vicios: tabaco, yerba, azúcar, y se podía comprar y tomar bebidas y artículos de los más variados. Además era el lugar descanso y distracción donde los gauchos improvisaban payadas y bailes. La estancia antigua no necesitaba mucho personal, la ganadería vacuna era un condicionante para que todo el trabajo se hiciera a caballo, sin que el resero necesitara desensillar. El caballo era la herramienta de trabajo, y la calidad de la tropilla, motivo de prestigio para su propietario. Además lo acompañaba el cuchillo, el pial, y las boleadores, útiles imprescindibles para su diaria labor.

El comercio internacional que marca la pauta de producción ganadera, sufrió extraordinariamente con las desinteligencias de Juan Manuel de Rosas con Inglaterra y Francia. Desde 1845, los puertos argentinos fueros bloqueados, pero levantado el bloqueo en 1848, en el segundo semestre lograron exportarse 1.101.093 cueros vacunos, 209.435 quintales de tasajo y 10.000 toneladas de cebo

Las tropas de entonces se componían casi siempre con 250 a 300 cabezas y venían casi todas por arreo, aunque fueran de 80 a 100 leguas de distancia, llegando a plaza después de diez a quince días de viaje, como si recién hubieran salido de estancia, debido a los capataces que tenían gran empeño y amor propio, en preservar bien sus tropas.

Es cierto que entonces todos eran campos grandes y a ningún estanciero se le ocurría rehusar campo o agua a las tropas en viajes. Aunque los más tacaños mandaban más peones para ayudar a los troperos, para que demoraran menos tiempo dentro del alambrado (Continuará).


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