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** COSAS DE BARRIO WEB - Edicion 184 **
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EL CARPINTERO DE BERGERAC


11/06/2018


Hoy lunes, como todos los 11 de junio, se celebra en la Ciudad de Buenos Aires el Día del Vecino Participativo. La fecha fue instituida oficialmente en 1990 por decreto de la Ciudad, tras la iniciativa de un grupo de vecinos del barrio de Villa del Parque.

El 11 de junio coincide con la fecha de la segunda fundación de Buenos Aires, desarrollada por Juan de Garay, en 1580. El Día del Vecino Participativo intenta destacar la importancia del trabajo en conjunto entre las organizaciones barriales, los vecinos y el Estado, junto a la presencia de asociaciones civiles, culturales y deportivas.

Por eso, como homenaje a todos aquellos vecinos que han contribuido a forjar la historia de cada barrio, aquí va el recuerdo de uno de ellos, que como tantos otros llegó hace muchos años desde el viejo continente para plantar sus raíces aquí y hacer del barrio su lugar en el mundo.


?Cuanto más vacía está la carreta, mayor es el ruido que hace; y nadie está más vacío que quien está lleno de egoísmo?, solía repetir en su particular francés castellanizado Albert Renversade, izando a su paso la bandera de la humildad. Así lo recuerda hoy Susana, una de sus siete hijos ?seis mujeres y un varón- mientras entremezcla sonrisas y ojos húmedos al hablar de su querido Pepé, como se lo conoció en estas tierras.

Albert Renversade había nacido el 20 de julio de 1879 en Bergerac -la tierra del legendario Cyrano-, una pintoresca ciudad ubicada en la provincia de Aquitania, en el sudeste de Francia. Desde allí, en una lluviosa mañana de finales de agosto, partió rumbo al puerto de Burdeos. Lo acompañaban sus padres Louise y Jean y sus tres hermanos, Paul y Gastón ?los mayores- y León, el menor.

Al obstinado carpintero Jean no le importaba abandonar sus raíces en pos del bienestar de su familia. Y ahora, el sueño repetido de encontrar tras el Atlántico la tierra que les deparara un futuro digno y promisorio -el mismo que en su patria no había podido hallar-, estaba a punto de convertirse en realidad. En el registro de arribos que aún se conserva en el Centro de Estudios Migratorios Latinoamericanos (CEMLA), se indica que los Renversade arribaron al puerto de Buenos Aires el 15 de octubre de 1888, a bordo del buque Córdoba -de bandera española- que había partido del puerto de Burdeos en aquella inestable jornada de agosto. Los datos complementarios indican además que la familia era de religión católica y todos sus integrantes ?a excepción de los dos hijos menores- eran de profesión charpentier (1).

El pequeño Albert -de solo 9 años de edad- y su familia se instalaron por algún tiempo en el hotel conocido como ?La Redonda?, que entonces se ubicaba a orillas del río, en el predio que hoy ocupa la Terminal de Ómnibus de Retiro. ?El Antiguo Hotel de Inmigrantes recién fue habilitado en 1911?, cuenta el Arq. Sergio Sampedro, coordinadora del Museo Nacional de la Inmigración, dependiente de la Dirección Nacional de Migraciones.

Luego de algunos contactos en la ciudad, la familia francesa se mudó a la casa de Julien, un paisano de Bergerac que desde hacía unos meses vivía en un típico conventillo de La Boca. ?Papá estuvo ahí con su familia casi hasta que se casó con mamá, cuando se radicó definitivamente en Liniers?, cuenta Susana, la quinta heredera de los Renversade ?made in Argentina?, que acaba de cumplir 94 años.

Ya con 18 primaveras sobre su joven espalda ?y nueve de ellas en América- Albert entró a trabajar como electricista al Congreso de la Nación, de donde muchos años más tarde se jubilaría como Jefe de Mantenimiento del Senado. Alto, fuerte, algo tosco al caminar, con ojos color de cielo y mirada apacible, Albert se transformó de a poco en el ?multiuso? del Congreso. ?Se daba maña para todo ?recuerda Susana-, él era carpintero pero sabía de electricidad, albañilería, plomería o instalaciones de gas?, y luego agrega presurosa ?hasta creó un sistema que al apretar un botón todos los relojes del Congreso se ponían en hora automáticamente?.

Pero aferrándose a su humildad y a su bajo perfil, Pepé jamás se jactó de sus habilidades. Ni siquiera cuando en los festejos del centenario de la Revolución de Mayo, la embajada francesa intentó premiarlo como uno de los más dignos ciudadanos galos residentes en el país. ?El premio lo retiró uno de sus hermanos a la semana siguiente, porque él decía que había mucha gente que había hecho más que él por la Argentina?, evoca Susana con una sonrisa nostálgica.

Entre los documentos que atesoran sus descendientes, se encuentra una emotiva carta manuscrita fechada en septiembre de 1912, que todavía les eriza la piel. Es una fina hoja amarillenta, dibujada por letras desprolijas, duras, pero esmeradas, donde con esfuerzo aún puede leerse en uno de sus párrafos: ?Teresa, no es fácil para mí espresarme (sic) y menos en estos temas, pero si de algo estoy seguro es que te amo?. En la dependencia central del Registro Civil consta que el 12 de octubre ?vaya paradoja americana- Albert Renversade contrajo enlace con Teresa Faccetti, una argentina hija de inmigrantes italianos de apenas 14 años, 18 menos que el apasionado carpintero francés.

Como no podía ser de otra manera, la vieja y enorme casa de la calle Ibarrola al 7100 ?en el corazón del barrio de Liniers- fue obra de sus propias manos. Allí vivió hasta el final de sus días con su esposa Teresa (o cariñosamente Memé para él y los suyos) y sus siete hijos. La misma que hasta hace muy poco también disfrutó su hijo Alberto, pero que ?con las piezas vacías y el eco del patio cargado de nostalgia- debió abandonar para instalarse en un departamento mucho más pequeño, en compañía de su esposa.

Hoy la carreta de los Renversade argentinos está colmada de enseñanzas y gratos recuerdos del querido Pepé, el humilde y espigado francés oriundo de Bergerac, que dejó para siempre en la Argentina la impronta indeleble de los grandes. Mercy Pepé.


Ricardo Daniel Nicolini

 



  • charpentier: carpintero en francés.


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POSTALES DE RUSIA EN EL CORAZÓN DE BUENOS AIRES


03/07/2018

Crónicas del Mundial. Historias que laten en una ciudad que respira fútbol


Aunque el seleccionado argentino haya quedado tempranamente eliminado de la competencia, el clima mundialista continúa dominando la escena. Más allá del lógico atractivo del fútbol, el Mundial de Rusia invita además a adentrarse en las costumbres y la cultura del país anfitrión, y para ello nada mejor que conversar con su gente. Algunos de ellos, como la longeva Nadya Kujlevskaya y el comerciante Dimitri Svetlichni, han hecho de Buenos Aires su lugar en el mundo y vale la pena conocerlos.


Adoptó a la Argentina y la Argentina la adoptó a ella


Empieza el entretiempo del partido inaugural del Mundial de Rusia 2018, en el que el seleccionado local vence a Arabia Saudita, y todos en la Casa de Rusia festejan los dos goles con los que se fueron al descanso. Ante mi desconcierto, por los gritos en un idioma indescifrable, me dispongo a probar cada uno de los platos típicos que nuestros anfitriones han preparado. Es entonces cuando la reconozco a lo lejos, observando con entusiasmo la exposición de arte en el ambiente contiguo. Entre la gente, ella me llama la atención porque todo lo que lleva puesto es colorado: el turbante, el saco, la bufanda. Hasta sus uñas y sus labios. Lo único que contrastan son los lentes de sol marrones que le sientan increíble con su tez blanca.

Me acerco para saber su nombre y preguntarle qué cuadro le gusta más. Me recibe como una abuela que saluda a una nieta que no ve hace tiempo. Me da un beso en la mejilla, tocando suavemente mis brazos y me responde sonriente “Me llamo Nadya, con Y”. Su acento ruso tan marcado en sus palabras es imposible de ignorar. ¿Estará viviendo acá hace poco? Quizás sólo esté de paseo. Para mi sorpresa, Nadya vive en Argentina hace 71 años, desde que se fue de su pequeño pueblo natal cercano a Moscú, a causa de los estragos de la Segunda Guerra Mundial.

Antes de llegar a territorio argentino, estuvo de paso en muchos otros países de Europa y América, pero aquí encontró a gente muy amable que hizo de éste su nuevo hogar. Tenía 20 años y no sabía ni una sola palabra en español. Arribó acompañada de su esposo, su bebé de un año, sus padres y sus hermanos, huyendo de la constante amenaza que significaba vivir en una zona invadida por alemanes. “Tenía 13 años cuando empezó el conflicto, y desde ese día hasta que nos fuimos no sabíamos si íbamos a estar vivos la mañana siguiente”, me cuenta mientras su mirada se pierde en la taza de café que sostiene.

Puedo notar cierta tristeza en sus ojos azules mientras nos adentramos en la conversación. Insisto en saber más sobre su vida antes de la guerra y cambia rotundamente el tema de conversación. Expresa con orgullo que se considera una mujer independiente y vital, hasta se encarga de hacer las compras para su hogar ella misma y escribió un libro que relata cómo fue abandonar la Unión Soviética, al que tituló “La verdad, sólo la verdad”.

Con 93 años y más de tres cuartos de su vida en nuestro país, Nadya Kujlevskaya conserva intacto el amor por su tierra natal. Sigo con curiosidad sus palabras cuando me cuenta cómo fue su infancia y su adolescencia, por lo que insisto en retomar el asunto. Lo único que logro extraer es “yo soy patriota soviética, para mí siempre será la Unión Soviética; está en mi alma”. Con una sonrisa pícara y acercándose lentamente, me confiesa que tiene miedo de que su memoria empiece a fallar y agradece haberlo escrito todo. No quiere olvidarse de su vida. Le contesto que eso no le va a suceder, que lo que yo veo es una mujer cuya lucidez va a perdurar para seguir compartiendo su historia de doloroso desarraigo y de amor por una patria que adoptó como propia.


Rebeca Figueredo


“Los argentinos son gente buena y muy unida”


A sus 37 años Dimitri Svetlichni es un hombre corpulento de 1.90, de tez pálida y ojos color miel. Hasta hace dos décadas vivía con su familia en Crimea, una fría ciudad ubicada en la costa septentrional del Mar Negro, pero hoy el paisaje de su vida está pintado de celeste y blanco. Es el dueño del restaurante “Molino Dorado”, de Quito al 4100, en pleno corazón de Almagro, donde prepara la mayoría de las recetas de su madre, que estudio cocina en nuestro país adaptando los platos típicos de su tierra natal al paladar argentino.

En su particular español plagado de erres y ya instalado definitivamente en Buenos Aires, Dimitri se prestó amablemente a evocar su tierra y hasta se atrevió a trazar vínculos con su hogar de adopción.

- ¿Qué fue lo que lo motivó a irse de Rusia y venir a vivir a Argentina?

- Llegué aquí en octubre del 98’, ocurre que en la época de los 90 tuvimos una década de depresión económica, política e industrial en la Unión Soviética, que se puede equiparar con la crisis de los años 30’ en los Estados Unidos. Fue una época muy difícil; de mucha inseguridad y poco trabajo, era una situación económica muy complicada. Cuando decidimos partir vimos que en esa época la Argentina era económicamente la número uno de América Latina, con el dólar 1 a 1, con posibilidad de pedirse visa casi a cualquier país del mundo y se presentaba como una buena perspectiva.

- ¿Cómo es la cultura rusa?

- La cultura rusa es más reservada que la de ustedes, no expresan tan abiertamente las emociones. Tal vez tenga que ver el clima, porque en todo el sector norte el país es muy frío, no sé, creo que aquí la gente es más cálida, más emocional.

- ¿Qué opinión tiene de los argentinos?

- Creo que son gente muy buena, muy unida. Me gustan mucho los argentinos, cómo se comportan, como se tratan entre ellos; no tengo nada que decir en contra.

A Dimitri le fascina la diversidad cultural de Buenos Aires, cómo se logró conformar un estilo a partir de la fusión de diversas culturas europeas y asiáticas. No deja de sumar adjetivos para subrayar su admiración, aunque cuando se lo consulta por política esa intensidad decae y opta por el silencio.

Sin embargo su simpatía vuelve a fluir cuando aparece el tema del Mundial. Está muy contento con el desempeño del seleccionado de su país. “No esperaba empezar ganando 5 a 0, y menos aún acceder a los cuartos de final. No lo puedo creer”, dice. Y esa felicidad contrasta con la desazón que siente por la eliminación de Argentina, su patria adoptiva. “Argentina jugó muy bien, sólo le faltó un poco de fuerza a Messi y al equipo para ganar”, concluyó Dimitri, antes de aprestarse a levantar la cortina de su restaurante.


Rocío Molina

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