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"AÚN ME FALTA RELATAR A ARGENTINA CAMPEÓN DEL MUNDO"


“Ahí está, ahí está, ahí está…” Esa es una de las muletillas patentadas por el relator de Liniers, momentos antes de llenarse la boca con un grito de gol. Asegura que aún conserva varias amistades de su paso por el Instituto Las Nieves.

29/7/2019

En una entrevista exclusiva, Gustavo Cima repasa su exitosa carrera como relator y evoca su infancia y adolescencia en Liniers, barrio que hoy vuelve a cobijarlo


A sus 49 años, Gustavo Cima es uno de los relatores de fútbol más importantes del país. Su voz se ha convertido en un sello distintivo tanto en la cadena Fox como en TyC Sports, donde suele relatar partidos de Copa Libertadores, Sudamericana y ligas europeas. Además trabajó en Radio Continental, donde relató el Mundial de Francia 98 junto a uno de sus maestros, Víctor Hugo Morales.

Aunque es oriundo de Avellaneda, Gustavo vivió toda su vida en dos barrios: Liniers y Mataderos. El primero es el que evoca con más nostalgia y cariño, porque llegó cuando tenía 6 años y hace algún tiempo volvió a instalarse en su geografía. En Liniers dio sus primeros pasos en el periodismo y el relato. Asegura que “desde el vientre de mi mamá soy más periodista y relator deportivo que deportista. El deporte era un complemento para estar con mis amigos más que nada, después los integraba a ellos en las transmisiones imaginarias que hacía en mi casa, donde la radio estaba encendida permanentemente. Escuchaba desde el informativo de Radio Colonia, que le gustaba a mi mamá, hasta tango, y ni hablar de las transmisiones de partidos, que eran la banda de sonido de mi vida. Incluso en los recreos del colegio agarraba figuritas y relataba partidos imaginarios”.

Luego ese vínculo se estrechó aún más. “Con mi papá empezamos a ir a la cancha –recuerda-. Llegábamos bien temprano para poder observar las cabinas de transmisión. Quería saber cómo se hacía ese trabajo, creo que ahí me di cuenta que eso iba a ser lo mío. Además me llevaba el grabador y relataba los partidos”.

Pocos años después, como se preveía, aquel juego apasionante se transformó en profesión. Su padrino en el periodismo fue Oscar Barnade. “Él era cliente del negocio que mi padre tenía en Ciudadela. Como papá me veía que no paraba de relatar partidos que inventaba, un día le dijo a Oscar ¿Por qué no lo llevás a este loco a que conozca la radio?”, cuenta a pura sonrisa. En ese momento Barnade trabajaba con Víctor Hugo Morales como estadígrafo de Radio Argentina. Pero además de hacerle conocer la radio por dentro, le enseñó que el periodismo deportivo era mucho más que el relato. “Oscar me mostró también el periodismo gráfico. Yo solía acompañarlo a las redacciones, iba a bibliotecas y colaboraba con la revista Sólo Fútbol, en la que él era redactor”.

Con apenas 15 años Gustavo tomaba el colectivo 86 para ir a Radio Argentina primero y a Continental después. “Desde que Oscar me llevó por primera vez creo que me enamoré de la radio. Y pensar que cuando era chico creía que esa cajita que hablaba tenía muñequitos adentro y que se escuchaban las voces por obra del Espíritu Santo”, dispara entre risas.

- Si Barnade fue tu padrino ¿Víctor Hugo fue tu maestro?

- Sin dudas. Es mi papá periodístico. Un día me dijo “esta va a ser la universidad para vos, acá te vas a formar, te vas a rozar permanentemente con la actualidad y eso te va a servir para desarrollarte como periodista”. Y así fue, tuve mucha autocrítica y traté de formarme para progresar apoyándome en sus enseñanzas.

- Y hoy, a la distancia ¿Te consideras periodista, periodista deportivo o relator?

- Fundamentalmente soy relator de fútbol, pero con el tiempo me fui desarrollando para poder desenvolverme en otras categorías del periodismo.

Aunque desde hace un tiempo su potente voz es un sello distintivo en el relato televisivo, Gustavo sigue sosteniendo que lo suyo es la radio. “Me considero un relator de radio. Después me fui desarrollando en televisión porque cambiaron los tiempos y los partidos eran transmitidos más por tele y entonces me tuve que adaptar a ese medio”, explica.

- Y no es lo mismo relatar en radio que en tele…

- En la década del 80, en la radio, había que armar la película en la mente de cada oyente. Después de entrenarme para eso, me adapté casi naturalmente a la tele, donde se realiza una transmisión mas relajada y casi que sólo debía acertar los nombres.

-¿Y los relatores de radio de la actualidad están preparados de la misma manera?

- Hoy a muchos relatores radiales les cuestan entender que no todos están viendo el partido por televisión y escuchando la radio a la vez. Hay gente que está en un camión o en la cárcel y a veces se necesita ser un poco más descriptivo. Sobre todo ahora que el fútbol volvió a ser codificado y por eso mucha gente recurre nuevamente a la radio.

- Ese cambio en el estilo de relato ¿es peor o tan solo diferente?

- Es peor. Porque hay un camino más corto a la irrespetuosidad, a la chabacanería. Aquellos que tienen un pensamiento más trabajado y respetuoso se han perdido en el tiempo. Que todos puedan comunicar masivamente al mundo cualquier cosa genera que cualquiera pueda tener la misma influencia que un tipo de 35 años de trayectoria, convirtiendo a las redes sociales en una cloaca. No sé si está bien o mal, pero en la época en la que yo entré a la radio necesitábamos un permiso para dar una opinión, no cualquiera podía hacerlo. A pesar de esto todavía hay personas rescatables que escriben manteniendo alta la moral y la ética.

-¿Y cómo debería formarse a un buen profesional en este rubro para combatir todo eso?

- Tenemos que recurrir a lo mismo que en aquellos tiempos. Una buena lectura, disfrutar del buen cine, que es lo que va a nutrir al periodista que tenga un micrófono en la mano a la hora de transmitir un mensaje, además de enriquecer el vocabulario y mejorar la fonética. Por eso insisto en que la lectura es fundamental. Además es necesario tener un filtro para identificar qué es verdad y qué está tergiversado. Tratar de incorporar a esa alcancía que es la mente del periodista, un montón de monedas con enseñanzas para resolver situaciones que va presentando la profesión.

Apoyado en su extensa trayectoria en los medios, Gustavo Cima se anima a reflexionar sobre las nuevas tecnologías, llamadas a ser el futuro de la comunicación. “Hoy cada uno puede tener su propia plataforma de difusión. Por eso es muy factible que, por ejemplo, en una final de Champions League cualquiera pueda relatar su partido desde una red social o desde Youtube, Instagram o Twitter, y que además cualquiera pueda escucharlo desde una aplicación del teléfono. Eso potencia la diversidad de opciones”, celebra.

- ¿Y cómo influye en los medios tradicionales? ¿Creés que los perjudica?

- Creo que pueden coexistir ambos sin problemas. Pero por las preferencias que existen, tal vez sea más redituable hasta para el profesional tener su propio canal. Hacia eso vamos, pero no sé en cuánto tiempo.

- En un mundo que se fija cada vez más en lo visual ¿Crees que la radio tiende a morir o si se adapta a las nuevas tecnologías puede seguir ocupando un sitial de privilegio?

- Por lo menos en Argentina las transmisiones deportivas radiales no van a morir, por el simple hecho de la imposibilidad que tiene mucha gente de acceder a una transmisión visual, sea por cuestiones económicas, de espacio físico o tiempo para sentarse a ver un partido. Eso es lo que le va a dar vida a la radio, que además ya se está adaptando a las nuevas tecnologías y hoy podemos escucharla desde un celular con auriculares mientras hacemos otra cosa. Lo que sí es cierto es que hay una crisis económica muy grande en la radio argentina, y eso hace que muchas transmisiones de competencias importantes, como la Copa América, se tengan que hacer ya no en la cancha sino en una mesa frente al televisor.

En todos sus años de carrera la profesión le deparó a Gustavo infinidad de satisfacciones. Sin embargo, asegura que aún le queda un sueño por cumplir. “Me falta relatar a Argentina campeón del mundo”, dispara, y luego explica “pude cubrir mundiales, ver consagraciones argentinas, pude relatar Libertadores, Champions League, y Boca – River. Tuve lo mejor a mi alcancé pero me falta eso, estar en el lugar de los hechos relatando a la selección dando la vuelta olímpica en un mundial”.

Para finalizar la charla con Cosas de Barrio, Gustavo cuenta una anécdota que no hace más que terminar de pintarlo de cuerpo entero. “En la Copa América de 1987, Víctor Hugo no tenía los derechos de transmisión, entonces me mandó a mí con un grabadorcito a relatar. Después en la tira pasaban mi relato con, por ejemplo, el gol de Percudani. Hace poco le hice una entrevista a Antonio Alzamendi y le regalé el relato de su gol en el Monumental, en la semifinal entre Argentina y Uruguay. Eso sí, se lo mandé por whatsapp”.


Julián Linares





UN RELATOR EN CLAVE BARRIAL


A pesar de haber nacido en Avellaneda, Gustavo Cima tiene un cariño especial por el barrio de Liniers, lugar al que llego con apenas 6 años, y al que volvió hace un tiempo para asentarse definitivamente allí. En el ínterin, durante sus años de casado, vivió también algún tiempo en Mataderos. El exitoso relator comenta que los mejores recueros de su infancia se encuadran en la geografía linierense. “Jamás podré olvidarme de los picados que jugábamos entre los árboles de la plaza Sarmiento, que ni siquiera tenía césped, era todo tierra. Vivíamos levantando polvareda y los perros nos perseguían. Lo mismo en la plaza Santojanni. Hoy en día cada vez que paso por ahí me vuelven a aparecer esos recuerdos”, dice que un dejo de nostalgia.

Muchos de sus amigos los forjó en el barrio, varios los conserva de su etapa escolar. “Fui al Instituto Nuestra Señora de Las Nieves. Allí –explica- además de estudiar pude competir deportivamente, ya que mis viejos no me dejaban ir a probarme a los clubes porque lo prioritario era estudiar. Como Las Nieves tenía un equipo de fútbol, podía ir a jugar contra otros equipos del barrio, como los del Brisas o el Juventud”, cuenta.

Fiel a los preceptos de los periodistas y relatores deportivos, Gustavo prefiere evitar develar su simpatía por alguna camiseta. Aunque, claro, resulta imposible hablar de Liniers sin mencionar a Vélez. “Cuando falleció mi mama, con mi Viejo empecé a ir a Vélez a acompañar a mis amigos en distintas disciplinas, como básquet o fútbol recreativo. Ese fue mi primer contacto con el ambiente deportivo desde adentro”, asegura.

- ¿Alguno de esos amigos triunfó en algún deporte como vos lo hiciste en el relato?

- Sí. El que llegó más lejos fue Tito Pompei, primero como futbolista y después como entrenador. Fue campeón de América y del mundo con Vélez y quedó marcado a fuego en la historia del Fortín.

- ¿Seguís teniendo relación con esos amigos en la actualidad?

- Con algunos sí. Forman parte del grupo que vamos a jugar al fútbol. Además cada tanto nos encontramos a cenar. Dentro de poco viene un amigo de Estados Unidos para verse con nosotros. A pesar de que cada uno hizo su vida, seguimos conservando nuestra amistad.

- ¿Creés que tus hijos van a seguir tus pasos?

- En la comunicación no sé, pero están muy metidos con el deporte. Uno juega al básquet y estuvo en el José Hernández, en Mataderos, y al mayor suelo acompañarlo a la Asociación de Fomento Amigos de Villa Luro. Es decir que el barrio sigue siendo nuestro lugar en el mundo.


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ORLANDO VALLES, EL CARTERO DE LINIERS


Cartas amarillas. Orlando es un entusiasta de su querido Liniers, barrio al que recorrió durante décadas con su oficio de cartero. Oriundo de San Antonio de Areco, asegura que conoció a Don Segundo Sombra.

11/8/2019

Lleva más de medio siglo recorriendo el barrio y aún conserva inalterables un sinnúmero de recuerdos


Caminando entre las hojas secas en una fría tarde de otoño, me dirijo al Pasaje El Hornero al 500 y allí me recibe a pura calidez don Orlando Ángel Valles. Hijo de italianos, aunque nació en San Antonio de Areco hace 86 años, lleva casi ocho décadas recorriendo el paisaje de Liniers.

- Adivine a quién conocí…- arremete sin darme tiempo a que empiece con mis preguntas.

- ¿A quién?

-A Don Segundo Ramírez ¿le suena? Era un resero, un domador, un gaucho pacífico. Tal vez le resulte más familiar si le digo que fue la fuente de inspiración de Ricardo Güiraldes, cuando escribió “Don Segundo Sombra”. Yo tendría 4 ó 5 años cuando él murió. “Sombra” era su apodo, debido al color oscuro de su piel. Lo enterraron a tres metros de la sepultura de Don Ricardo.

- ¡Qué interesante Orlando! Ahora cuénteme cuándo vino para acá.

- Llegué a mis 7 u 8 años, cuando mis padres se asentaron en la Capital Federal. Aprobé 6° Grado y a los 13 me nombraron “mensajero”, repartía telegramas con mi bicicleta en un radio de veinte cuadras. Ya a los 18 fui peón de descarga en la estación Constitución, hasta que en 1952 me tocó la colimba. Luego fui auxiliar en la Sucursal 8 de Correos y  Telégrafos, que entonces se ubicaba en Ramón Falcón entre Cosquín y Timoteo Gordillo. Allí clasificaba las cartas, las sellaba y las empaquetaba en sacos para que luego fueran repartidas a otras sucursales o llevadas al exterior. Porque antes, mi amiga, la gente escribía cartas, las ponía en un sobre, se agregaba una estampilla y se metía en un buzón rojo que estaba en la puerta de la sucursal. El buzón tenía una pequeña puerta con llave, que nosotros abríamos para sacar las cartas. Nada que ver con los whatsapp actuales. Esa sucursal después se mudó a la galería que está en Cuzco y el Pasaje Roffo. Ahí me jubilé. Después esa sucursal se mudó donde está ahora, en Rivadavia casi Timoteo Gordillo.

- ¿Cómo era Liniers cuando usted llegó al barrio?

- Muy distinto. Rivadavia estaba empedrada con adoquines, cuando llovía se inundaba y la gente en sus casas y negocios ponía una compuerta de madera para protegerse. Me acuerdo del Mercado mayorista de frutas y verduras, que estaba donde hoy está el shopping. La zona de Ramón Falcón, José León Suárez y Montiel estaba repleta de depósitos de papas, cebollas y verduras. Ahí compraban los puesteros de la feria que estaba en la colectora de General Paz y todos los minoristas cercanos. Había otro Mercado similar en donde hoy está el Shopping del Abasto y otro en el actual Shopping Spineto. Todos ellos desaparecieron cuando pusieron el Mercado Central en la Ricchieri. Por Rivadavia pasaban los tranvías 1 y 2.

- ¿Cómo eran?

- Casi totalmente de madera, las paredes, los asientos. Las ventanillas de madera y vidrio se levantaban y bajaban con la ayuda de una correa de cuero. A veces se atrancaban y cuando el tranvía se movía mucho se caían y si uno tenía allí el codo, sonaba. Tenía un motorman que sólo manejaba y había un guarda que daba el boleto y el vuelto si era necesario. Para eso llevaba un monedero colgado de la cintura. Luego se ubicaba en el fondo del vehículo, uno le avisaba si quería bajar y él tiraba de una cuerda que recorría desde allí hasta donde estaba el conductor, y terminaba en una campanita que avisaba al chofer que debía parar. Los policías, los bomberos y los carteos viajábamos gratis al lado del conductor. En la década del 60 desaparecieron los tranvías y fueron reemplazados por los colectivos. Los primeros eran más pequeños, iban doce personas sentadas y apenas once paradas. Después tuvieron veinte asientos. El chofer daba el boleto y, si era necesario, el vuelto. Tenían sólo dos puertas delanteras.

- Ya que hablamos de transporte ¿se acuerda de los vendedores ambulantes de aquella época?

- Sí, por supuesto. Por casa pasaban dos lecheros, uno venía de Ciudadela y el otro del bajo Flores. Iban con una varilla arriando tres o cuatro vacas y al grito de ¡Leeechero! La gente salía con una cacerola y pedía un cuarto, medio o un litro. El señor medía la cantidad.

- ¿Y los comercios del barrio, cuáles le vienen a la memoria?

¡Un montón! Si yo necesitaba un traje a medida, cruzaba la General Paz y. donde hoy está en Bingo de Ciudadela, sobre Rivadavia, estaba la sastrería El Clásico. Si quería ir al cine, había dos donde está la entrada del Bingo sobre colectora. Si mis hijos querían jugar, en la esquina de Ramón Falcón y colectora, enfrente de la actual carnicería, había una casa de juegos electrónicos que sólo estaban permitidos en la Provincia. En fin, el barrio cambió mucho.

Al mirar por la ventana veo que cae la tarde. Le agradezco la atención a don Orlando y me despido de un hombre cargado de recuerdos que se agrupan prolijamente en una maleta de nostalgia. Entonces me devuelve una sonrisa amplia y esperanzada, y desliza “aunque el barrio ya no sea el mismo, cada vez que recorro sus calles regreso a mi juventud”.


Josefina Biancofiore


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