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UNA VIDA ENTRE LADRIDOS Y POMPAS DE JABÓN


03/1/2020

En su lavadero de Liniers, Tula rescata perros de la calle, los asiste y luego los entrega en adopción


Tonelero tiene el particular encanto de desparramar manojos de esquinas en cada cruce. Al toparse con Timoteo Gordillo, se dibuja un núcleo comercial que mantiene encendido ese sector de Liniers desde las primeras horas de la mañana hasta pasada la medianoche. Uno de esos locales es el lavadero de Tula, blindado de rejas y custodiado por un puñado de perros amistosos.

Mientras camino los últimos pasos al negocio bajo el fuerte sol de las 4, puedo percibir la fragancia a ropa limpia que exhala el interior del local. Saludo desde afuera y allí están Tula y sus perros, resguardándose de un calor agobiante. “Veni, pasa”, me invita y nos saludamos con un beso en la mejilla, mientras siento un hociqueo múltiple en los talones. Tula va hacia la heladera a traerme un vaso con agua helada y yo me quedo hipnotizado con el vaivén de los lavarropas, que giran sin descanso. Bebemos un sorbo reconfortante y empezamos a charlar para olvidarnos del calor.

Ángela Reneé Alonso Martínez, más conocida por sus vecinos como “Tula”, porta sangre uruguaya y es dueña de su lavadero de Timoteo Gordillo 817 desde hace veinte años. “Vine a los 15 para Argentina, que para nosotros los uruguayos en esa época era como vivir en una mina de oro”, relata la mujer que, a los 65 años, luce una juventud envidiable. Madre de cuatro hijos y abuela de tres nietos, Tula asegura que esa porción de Liniers es su lugar en el mundo. “Esta es mi cuadra –sostiene-. Como trabajo casi todo el día, conozco a todos los vecinos, más que a los de mi casa. Tampoco estoy muy lejos, vivo a cinco cuadras de acá, en Mataderos. Me aferré tanto al barrio que me costaría irme a otro lugar”.

Muchos de sus vecinos y clientes, la conocen también como activista en la adopción y tránsito de perros callejeros, que rescata de manera personal y casera.

- ¿Por qué viniste para Argentina?

- Vine porque económicamente Uruguay estaba peor que Argentina. Allá las cosas estaban muy mal, y vine buscando trabajo. Cuando llegué empecé limpiando casas, cuidando chicos, hasta que un día me decidí a abrir el lavadero. Experiencia tenía, porque en mi casa lavaba, planchaba y acomodaba la ropa. Pero nunca había tenido un local, por eso me costó adaptarme al trato con la gente y a gestionar el negocio. Igual me fue bien porque jamás pensé que estaría tantos años.

- ¿Y por qué elegiste el barrio de Liniers?

Desde que llegué de Uruguay me instalé en Mataderos, y cuando empecé a buscar locales pasé de casualidad por esta cuadra y vi que había un cartel de “Se alquila”. Me gustó el lugar y me quedaba cerca de casa. Me vino como anillo al dedo. Además, me gusta el barrio, y como estoy todo el día acá, me siento como en mi casa.

Desde hace años, entrar al lavadero de Tula implica ser recibido con alegría por sus fieles compañeros de cuatro patas. “Los perros en la puerta del local son míos”, aclara por si hiciera falta, y cuenta que Lenny es su preferido. “Me acompaña a todos lados”, explica, y luego agrega “los otros son perros que agarró de la calle o que la gente adoptó pero después no pudo tener”.

- ¿Los adoptás o los tenés en tránsito?

- En general transito perros de la calle, y alguna que otra vez adopté. Ahora no estoy adoptando mucho porque no me resulta tan fácil. A esta altura de la vida, los años pesan. Por eso trato de mantenerlos en tránsito, porque me genera mucha pena verlos solos y abandonados, y además siempre hay alguien que quiere algún animalito. O sea, los adopto para salvarlos de su situación de calle y los cuido en tránsito, hasta que alguien los adopta.

- Debe ser un poco demandante hacerte cargo del cuidado de estos bichos…

- Tal cual. Pensá que yo me encargo de llevarlos al veterinario o hacerles algún tratamiento. Además, les doy refugio en mi casa, pero lo hago de manera personal, o sea, no trabajo ni formo parte de ninguna fundación u ONG. Cuando los tengo en tránsito, trato de hacer correr la voz de que tengo perros para adoptar para conseguirles una familia.

- ¿Y cómo te nació todo esto?

- De casualidad. Siempre que estaba en el local aparecía algún perro y me daba pena verlo solo y perdido. Entonces lo rescataba de esa situación y después trataba de ubicarle un hogar publicando cartelitos o avisando de boca en boca a los vecinos. Se enteraban de que tenía un perrito para dar y se acercaban al negocio a verlo. Una vez hasta pensé en alquilar el local de al lado, para dedicárselo a los perros ¡pero eso ya sería mucho jajaja! A mí el hecho de estar cerca de los perritos me hace bien y me distrae ¿entendés?

- Debe llevar su tiempo desde que están con vos hasta que son adoptados ¿no?

- Depende. A veces el tiempo que se quedan conmigo es poco, aunque otras veces he llegado a tener perros por seis meses y ahí es cuando la adopción te genera un poco de tristeza, porque es difícil despegarse de un perrito con el que estuviste mucho tiempo. Igual me da mucha satisfacción cuando encuentran una familia. Por eso lo máximo que llegue a tenerlos en tránsito fueron seis meses, pero en general es rápido ubicarles un hogar. He tenido clientes y personas que pasan por la vereda y quieren llevarse uno, y gracias a Dios esos perros pudieron encontrar familia, que casi siempre es del barrio.

- ¿Y cómo llegan esos perritos a vos?

- Fácil. Si aparece alguno dando vueltas sin collar, lo agarro y no lo dudo, porque de verdad me da mucha pena verlos tirados en la calle. Además, mi familia me da una mano. Mi hijo es re perrero, me ayuda a cuidarlos y es de esos que cuando ven un perro solo se lo quiere llevar con él.

Tula llegó a tener hasta catorce mascotas entre perros y gatos, hoy apenas la acompañan cuatro perritos. “Quiero mucho a los animales porque te regalan mucho amor y cariño, sin pedir nada a cambio”, explica.

- ¿Y cómo es la convivencia entre ellos?

- Bárbara, nunca tuve problemas. Todos tienen su tachito de agua y comida, y hasta incluso les dejo un colchoncito para que se acuesten. Creo que la clave es darle un mimo: ahí te ganaste al perro. Algunos vecinos siempre me preguntan cómo hago para que no se peleen. Y no hago nada, apenas les devuelvo parte de amor que me dan.

Para Tula no existe tamaño o raza, todos son bienvenidos. No hay pelos, manchas y pulgas que la hagan claudicar en su compromiso para con sus ángeles de cuatro patas.

La conversación llega a su fin al mismo tiempo que le doy el último sorbo a mi vaso de agua. Podríamos quedarnos charlando un rato más, pero el deber la llama a la puerta. “Bancame que atiendo y te saludo”, dice Tula acercándose a la entrada, mientras zigzaguea entre los perros que descansan boca arriba. Me preparo para salir, pero antes me detengo un instante frente al ventilador. El cliente se va, me despido de Tula y en un instante los perros se despiertan de la siesta para saludarme en dos patas. Acto seguido salgo a la calle y emprendo el regreso bajo la sombra de los árboles.


Santiago Rodríguez


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ME GUSTA EL MAR, TENGO ALMA DE NAVEGANTE


28/1/2020

Horas antes del arribo de la Fragata Libertad a las costas marplatenses, uno de sus tripulantes, el oriundo de Versailles, Fernando Ezequiel Peyret, le puso palabras a cada una de sus emociones vividas en alta mar, a lo largo de casi seis meses de travesía a bordo del emblemático buque escuela de la Armada Argentina.


El azul intenso del mar se refleja en los ojos de Fernando Ezequiel Peyret. En unas horas más, él y otros 45 guardiamarinas en comisión, completarán la formación del último año de la Escuela Naval Militar (junto a 26 oficiales y 191 suboficiales) cuando la emblemática Fragata Libertad toque el puerto de Mar del Plata para ponerle punto final a su 48° viaje de Instrucción por el mundo. “Fue un viaje hermoso que me sirvió para poner en práctica todo lo aprendido durante mi carrera”, comienza diciendo el vecino de Versailles, quien a sus 27 años contó que desde pequeño supo que quería ser parte de la Armada Argentina.


“Mi tío abuelo estaba en la Fuerza Aérea –cuenta Fernando- y yo, siendo muy chico, lo admiraba. Creo que ahí supe que quería vestir ese uniforme. Pero algunos años más tarde la Marina me atrapó, porque siempre me gustaron el mar y los barcos”. Por eso, tras concluir sus estudios en el colegio “Sacratísimo Corazón de Jesús”, de Villa Luro, y “San Ramón Nonato”, de Floresta, se alistó en la Marina.


Su familia está compuesta por sus padres Marcelo y Andrea y sus cuatro hermanos menores -Ezequiel, Juan, Ana y Delfina-. “Tengo muchas ganas de volver a verlos”, confiesa Fernando, y recordó que todos ellos siempre lo acompañaron en su decisión de ingresar a la Armada y en los años posteriores de cursada en la Escuela Naval. “Lo que más me llamó la atención de mi paso por la escuela fue conocer a gente de todos lados del país. Eso me nutrió mucho”, sostiene. Allí, sus funciones diarias eran tocar en la banda de música de la Escuela y practicar deportes, representando en torneos interuniversitarios a la Armada.


Y mientras las velas se inflan con el viento de popa, el futuro guardiamarina de la Armada Argentina aprovecha para recordar los conocimientos náuticos y marítimos adquiridos a lo largo de este singular viaje de instrucción a bordo del buque escuela. “Cumplí con las expectativas personales que tenía para ser un oficial de la Armada. Pude poner en práctica lo aprendido en la escuela con responsabilidad y reunir las competencias que se deben tener para ser un buen oficial de Marina”, afirma con emoción.


El itinerario demandó unas 17 mil millas náuticas en un recorrido de casi seis meses por los puertos de Salvador de Bahía y Recife (Brasil), Santa Cruz de Tenerife y Rota (España), Lisboa (Portugal), Brest (Francia), Amberes (Bélgica), Londres (Reino Unido), Dublin (Irlanda), Boston y Miami (EEUU), Bridgetown (Barbados), Montevideo (Uruguay) hasta llegar a Mar del Plata. “Todo este recorrido me abrió la cabeza, me mostró nuevas culturas, siempre intentando representar de la mejor manera a mi país en el mundo”, desliza y asegura que el sitio que más le atrajo fue Bélgica “por la diversidad de sus ciudades”.


La fragata zarpó el 17 de agosto del año pasado del puerto de Buenos Aires y desde entonces recorrió más de 15 puertos del mundo entero. Al mando del Capitán de Navío Juan Carlos Romay, el buque escuela argentino lleva a bordo 48 guardiamarinas en comisión de distintas provincias argentinas, para quienes la fragata se convirtió en su casa, los compañeros de trabajo en miembros de la familia y al mar en el escenario de la labor permanente en cada día. Juntos intercambiaron formas de ser y trabajar con otros marinos y profesionales del mundo, al fin y al cabo, el objetivo primordial del viaje: instruir en las artes de la navegación, poner en práctica los conocimientos adquiridos y navegar con las velas desplegadas.


A lo lejos ya se observan los edificios de “La Feliz”. Fernando sabe que el hogar y los afectos ya están cerca y aguarda ansioso el reencuentro con los suyos. Es que esta vez tiene mucho que contarles.


María Silvina Rosas

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