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CON HÉCTOR Y SUS MALTESES, TODO EL AÑO ES NAVIDAD


Loco lindo. La historia de Héctor se resume en la geografía del barrio de Liniers, desde donde cada tarde parte en su bicicleta con sus perritos y regala buena onda en distintos puntos de la Ciudad con el disfraz de Papá Noel.

26/10/2019

El entrañable cuidacoches del Santojanni que cada tarde recorre la ciudad en bicicleta vestido de Papá Noel en compañía de sus perritos


Apenas pasadas las 5 de una tarde de primavera disfrazada de otoño, me encuentro sentado en un banco de la plaza Santojanni, frente al hospital. Espero a quien será mi entrevistado en una intemperie inestable pintada de verde. Tal vez por eso la plaza esté semidesierta. De repente, veo a alguien acercarse. Es él. Lleva puesta la camiseta del Diego, réplica de la que el astro lució en México 86’. Me saluda, y acto seguido extrae de una bolsa un par de cartones para aplacar el frío y la humedad del banco. “Así vamos a estar mejor”, asegura con una sonrisa este hincha de Vélez, mientras le pone la bombilla al mate y se dispone a empezar la charla.

“Vivo en Liniers porque cuando mi abuelo llego de Italia en 1910 compró esta casita”, dice, mientras señala su casa de toda la vida, en Patrón y Martiniano Leguizamón, frente a la plaza Santojanni y en diagonal al hospital. “Era una casita muy humilde pero con el tiempo la fuimos mejorando un poco, aunque no la pudimos terminar del todo, porque acá nunca hubo plata”, reconoce sin dramatizar. Hijo de inmigrantes italianos, a sus 63 años Héctor Alejandro Pallone suele montarse en su bicicleta y recorrer la ciudad para regalar felicidad a grandes y chicos sin recibir nada a cambio, como si el factor económico no lo perturbara o se invisibilizara a fuerza de buena onda.

Desde hace años Héctor se gana la vida como “trapito”, cuidando los autos de médicos y pacientes que se acercan al Santojanni a quienes indefectiblemente recibe con una sonrisa. “Trabajo desde los 3 años, cuando mis padres me enseñaron a usar las herramientas de su oficio”, dispara, y deja picando la pregunta.

- ¿Cómo es eso?

- Cuando era pibe mis viejos tenían una joyería y nos enseñaban a usar las herramientas a mí y a mis hermanos, para que supiéramos lo que era un martillo, una tenaza o una pinza. Aparte estudiábamos y jugábamos en la plaza. Teníamos tiempo para todo. A los diez años ya sabía fundir el oro, hacer alhajas y limpiar despertadores. Pero después, como no había plata para que mis viejos nos pagaran, trabajé de zapatero en el negocio de una familia armenia y también en una casa de autoradios, donde aprendí el oficio en un año e inicié mi propio emprendimiento, en un local de Timoteo Gordillo 921. Estuve 25 años alquilando ahí. Pero en el 2001, con la crisis y la inseguridad, tuve que bajar la persiana y desde hace un tiempo cuido autos en la puerta de casa y hago mandados para la gente que necesite.

- ¿Cómo fueron esos primeros años desde que cerraste el local?

- Como soy una persona muy emprendedora me dediqué a hacer mandados con mi bicicleta. Laburé para un mecánico dental, en la calle Pieres 440 y para su esposa, que es dentista, la misma que me atiende hoy en día. Con él nos criamos juntos acá en el barrio. Le hacía los repartos por toda la ciudad, y cuando llegaba a las 4 de la tarde me iba a cartonear por Alberdi. Después vendía lo que juntaba en un depósito en Bragado y Guaminí. Y a la noche trabajaba de delivery para una pizzería de Lisandro de la Torre y Patrón. O sea que tenía tres trabajos.

- Pero no sólo usás la bici para laburar ¿Ahí no se sube también Papá Noel?

- Sí, es cierto (risas). Como siempre me gustó el deporte, en mis ratos libres al comienzo me ponía la camiseta del Diego (Maradona) y me iba a pedalear con tres o cuatro perritos que ponía en el canasto. Me acompañaba un amigo que se disfrazaba de Hombre Araña y nos íbamos a tirar buena onda por Palermo, Puerto Madero, el Centro, por todos lados.

- Pero de pronto Maradona se convirtió en Papa Noel…

- Exacto. Como vi que la gente disfrutaba de lo que hacía y siempre creí que el que tira buena onda también la recibe, empecé a disfrazarme de Papá Noel aprovechando que mi hermano me había regalado un disfraz que le sobraba. Además agrandé el canasto de la bici y empecé a subir seis o siete de mis maltecitos. Me di cuenta que con la pilcha de Papá Noel le podía sacar una sonrisa a todo el mundo, y eso es lo más lindo que puede haber en la vida.

- Son una bocha de perritos los que llevas, ¿Por qué decidiste criar perros malteses?

- Porque me encantan. Además un perro es una fuente permanente de cariño. Estos bichos son muy fieles y nunca te fallan. El único problema es cuando se me muere alguno, porque se hacen querer tanto que es imposible olvidarlos. Ellos son los hijos que no tuve, con su ternura me quitan todos los dolores que tengo en la cervical desde hace años.

- ¿Qué problema tenés?

- Por esto de trabajar desde pibe y de bancar tanto el peso de la bici, me jodí la cervical y me agarré una artrosis que me generó dos isquemias en el cerebro, que por suerte no derivaron en un ACV. Una vez andando en bici por la Costanera me agarró un dolor muy fuerte. Cuando me hice los estudios acá en el Santojanni me diagnosticaron las isquemias. De todas formas ahora el dolor no lo siento tanto porque estoy medicado. Si hubiesen explotado esas dos isquemias hoy estaría en silla de ruedas o tal vez no la contaba… Por eso le agradezco al hospital y al cuerpo médico regalando mis juegos de mesa y juguetes de la infancia a los chicos del área de Psiquiatría, donde están los especialistas que me ayudaron a superar este problema. A varios médicos del sector, incluso, les regalé cachorros en agradecimiento por haberme salvado la vida.

En su casa, Héctor es el padre de familia de una ¿jauría? de quince cachorros malteses. “No son animales, son mis hijos”, subraya una vez más. Él y sus mascotas recorren cada día las calles de Floresta, Caballito y Palermo, hasta llegar a la zona céntrica de la ciudad a bordo de su bicicleta, tuneada de muñecos coloridos y frases inspiradoras. “Estos perritos son como el disfraz de Papá Noel, son una coraza contra la muerte”, asegura.

- ¿A ver? Argumentame un poco esa idea…

- La mayoría de la gente que vio la muerte de cerca, siempre le queda la idea dando vueltas por la cabeza. Entonces yo uso el disfraz de Papá Noel y me luzco con mis perros para ahuyentar la muerte. Además cada tanto me voy a San Cayetano a charlar con los curas y a veces me quedo sentado en los bancos del templo mirando a Cristo, para ver si me puede regalar una vuelta más en la calesita de la vida...

- Pero corrés con ventaja, porque además me dijeron que tenés una maceta con tréboles de cuatro hojas…

- Es cierto. Esa planta me la regaló un matrimonio que vive acá cerca. La mujer tenía cáncer de hueso y se atendía en el Santojanni. Los conocí porque siempre pasaban por la puerta de casa y charlábamos. Como a mí, a ella también le gustaba tirar buena onda con la gente. Entonces un día me dijo “te voy a traer algo lindo que te va a gustar”. Y ahí nomás me regaló una maceta con tréboles de cuatro hojas verdaderos.

- ¿Y? ¿Te trajo suerte?

- Sí, me sirvió para mi enfermedad. Yo a la vez le regalo a la gente los tréboles que voy sembrando y cultivando. Principalmente a los que están enfermos o los que me tiran buena onda por la calle cuando voy en la bici. Cuando veo a algún cieguito, alguien en silla de ruedas o con síndrome de Down, me acerco y le regalo un trébol.

- ¿Lo de la buena onda es una filosofía de vida?

- Claro, y te aseguro que es súper recomendable. Cumplo lo que me enseñó mi padre: siempre hay que tirar para adelante. Guita no tengo, pero te puedo dar una mano en todo lo que pueda ¿Para qué estamos sino? Por eso, cuando salgo a ayudar a otros y llego a casa, regreso pleno, me siento el tipo más feliz de la Tierra. Por eso lo hago los 365 días del año.

Aunque sonríe se le empaña la mirada, como si el alma hablara por él. Parece tener la fórmula de la felicidad que reparte incansablemente día a día. “Es fácil –insiste-. Haciendo feliz a otros también te hacés feliz a vos”.

Aunque la tarde empieza a caer, ahora el cielo está despejado y el verde de la plaza cobra otro color. Me tomo el último mate y lo despido con un abrazo ¿Qué menos se merece el Papá Noel de Liniers que se pasa la vida repartiendo felicidad?


Santiago Rodríguez


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EL ÁNGEL DE LA BICICLETA


10/10/2019

Desde hace años Osvaldito se gana la vida vendiendo alfajores montado en su triciclo. Una historia de esfuerzo y superación que merece ser contada


Sentado junto al amplio ventanal de la estación de servicio de Murguiondo y Rivadavia espero la llegada de Osvaldito. Mientras un sol tibio con aires de primavera se filtra sobre la mesa, observo girar los autos sobre el empedrado. De pronto aparece él, se sonríe y toma asiento. Son casi las 6, hora ideal para disfrutar de la merienda, así que pedimos dos cortados con medialunas. “Invito yo, eh”, dispara Osvaldito a puro corazón y no me da lugar a reclamos.


Supongo que deben ser pocos los vecinos que jamás lo hayan visto montado en su triciclo surcando las calles de Liniers, vendiendo alfajores para ganarse la vida. Tal vez por eso cada tanto alguien se acerca a saludarlo. A sus 36 años, Osvaldo Damián López sabe que el esfuerzo y el sacrificio son sus más fieles aliados en esta vida. Gracias a ellos, el estigma de la discapacidad pasa a ser poco menos que una anécdota.


- ¿Cómo está compuesta tu familia?


- Vivo con mi mamá y mi hermana, a unas cuadras de acá.


- ¿Y tu papá?


- Mi viejo falleció en el 2000. Fue un golpe muy duro para mí. Estuve muy mal porque yo en esa época era un pendejo. De todas formas, no me podía quedar así, tenía que salir sea como sea, poner todas ganas y salir a trabajar. No podía quedarme encerrado en casa, lamentándome. Entonces empecé a meterme en varios locales para encontrar laburo, pero nadie me quería contratar por mi discapacidad.


- ¿Ahí te surgió la idea de trabajar en forma independiente?


- Sí. Para fines del 2001, casi en medio de la crisis, me compré la primera bicicleta. Y al año siguiente, cuando cumplí los 18, empecé a trabajar. Al principio vendía frutas, verduras y huevos. Compraba en el mercado de José León Suárez y salía a tocar timbres casa por casa hasta vender toda la mercadería. Ese fue mi primer proyecto laboral.


- ¿Y cómo fue que pasaste de las frutas y verduras a los alfajores?


- Al principio, frente al Hospital Santojanni había una casa a la que le compraba alfajores Guaymallén. Después, conocí a un amigo que me llevó a visitar la fábrica en Mataderos. Poco a poco, los vendedores me recomendaban a qué precio tenía que vender las cajas, me orientaban. Me decían “ponelas a 10 pesos”. Entonces una vez que tenía las cajas arriba de la bici, empecé a ganarme a los clientes. Y cuando me enteraba que abría un kiosco nuevo, salía corriendo para ahí.


Ya hace diecinueve años que Osvaldito trabaja en forma independiente. “Laburo para mí”, subraya y luego explica la mecánica: “la cosa es así: yo le compro la mercadería a Guaymallén, la pagó en el momento y empiezo a distribuirla por todo el barrio: visito kioscos, supermercados chinos y almacenes”, dice mientras ataca otra medialuna,


- ¿Los clientes siguen siendo los mismos de siempre?


- Por suerte sí. Son re fieles conmigo, me siguen comprando más allá de las crisis. De todas maneras, esta última me pegó fuerte porque cerraron muchos kioscos y perdí varios clientes frecuentes. Cuando es así a mí me cuesta vender, porque mi fuerte principalmente son los kioscos. Pensá que hoy tengo diez kioscos menos, pero igual no me preocupo porque laburo bien gracias a Dios. Nunca me faltó trabajo.


- ¿Y cómo terminás tus días después de tanto pedalear?


- Bien, termino contento. No es que me canso y digo “me voy a tirar un poco”. A mí me encanta pedalear y andar en bicicleta. Si no pedaleo me quedo duro. Aparte no me canso para nada. A veces mi mamá se pregunta cómo hago para no cansarme y yo le digo: “¡Mamá, no te preocupes, estoy bárbaro!”.


- Me imagino que después de trabajar te tomas un tiempo para vos ¿Qué haces en tus momentos libres?


- A veces me voy a la plaza a descansar y relajarme. Otras me junto con mis amigos. Hoy, por ejemplo, que es sábado, vengo de estar con ellos. Hace años que nos juntamos los sábados. Como en la semana laburamos todos y no podemos vernos, aprovechamos el finde para reunirnos en la casa de alguno. Son mis amigos de siempre, los de toda la vida.


Aunque a Osvaldito le cuesta desplazarse con normalidad y se le dificulta el movimiento de sus manos, asegura que está acostumbrado a convivir con su discapacidad. “Tengo un problema motriz. El diagnóstico médico, la verdad, no lo sé, pero me afecta desde que nací. En el momento del parto los médicos me extrajeron muy fuerte y tocaron una venita, por eso quedé así”, dice casi sin darle importancia.


- ¿Cómo crees que te ve la gente cada vez que salís con la bicicleta?


- Bárbaro. No es que me dicen “¡uy, mirá, pobrecito!”. A mí no me gusta que me tengan lástima, no me sirve. Si me comprás un alfajor, que no sea por lástima ¿Entendés? Yo no soy ningún “pobrecito”, porque laburo como lo hacés vos y como lo hacen todos. Soy una persona normal. Lo único que no puedo hacer es darte la mano, pero después me manejo como todo el mundo. Me gusta tener gente conocida con la cual charlar y tener buena relación.


- Esa es la clave ¿verdad? Integración mata discapacidad…


- Claro. Yo, como discapacitado, a veces me olvido de que estoy así. Me siento bien porque tengo amigos, familia, personas que me quieren. A veces mi vieja se enoja porque estoy mucho tiempo fuera de casa. Con mis amigos, como te conté, nos juntamos los sábados a almorzar. Siempre jodemos entre nosotros y eso a mí me hace feliz. Hace un tiempo fue distinto, tuve unos amigos que se drogaban, fumaban porro y eso para mí no va.


- ¿Por qué no va?


- Porque yo no soy así. No me gusta eso y no me meto en cosas que hacen mal. Los fines de semana tomo algo de alcohol con mis amigos. Nos abrimos unas cervezas, o un vinito, siempre nos medimos. Pero ¿drogarme? ¿Para qué? ¿Qué ganás con eso? Decime ¿Qué ganas? ¡No ganas nada! Yo nunca fumé y nunca me drogué. Tomar, sí, obvio, no te voy a mentir. A mí no me gusta esa clase de gente que consume hasta morir. Mis amigos son lo más porque nos juntamos siempre y tomamos un poquito, pero cada uno labura y tiene su familia.


Le da el último sorbo al café y mira la hora. Las luces de Rivadavia ya se encendieron y el atardecer le puso noche al cielo linierense. Osvaldito sabe que debe regresar a casa. Lo observo y me doy cuenta de que estoy frente a un verdadero ejemplo de superación que tiene el barrio. De esos que demuestran que a la vida hay que darle pelea y jamás tirar la toalla. Nos paramos y antes de tentarme con estrecharle la mano lo despido con un abrazo, de esos que no entienden de diferencias.


Santiago Rodríguez

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