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** COSAS DE BARRIO WEB - Edicion 184 **
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HACER EL BIEN SIN MIRAR A QUIEN


14/06/2018


Se celebra el Día Mundial del Donante de Sangre y el hospital Santojanni convoca a donantes voluntarios


Hoy 14 de junio, como cada año, se celebra el Día Mundial del Donante de Sangre como agradecimiento a aquellos donantes voluntarios y para concienciar sobre la necesidad de hacer donaciones regulares para garantizar la calidad, seguridad y disponibilidad de la sangre y sus productos.

Las transfusiones de sangre y sus productos ayudan a salvar millones de vidas cada año. Contribuyen a que pacientes con enfermedades potencialmente mortales vivan más tiempo con una mejor calidad de vida, y posibilitan la realización de intervenciones médicas y quirúrgicas complejas. Asimismo, tienen una función vital en la atención maternoinfantil, el embarazo y las respuestas de emergencia a los desastres naturales o aquellos causados por el hombre.

Grecia, por intermedio del Centro Nacional Helénico de Sangre, será el país que acoja el Día Mundial del Donante de Sangre en este 2018 y el evento mundial se celebrará hoy en Atenas. Paralelamente en América, la sede será la República Dominicana. Con este gesto, se reconoce el esfuerzo hecho en los últimos años por ese país de Centroamérica en materia de organización de los servicios de sangre, con la creación del primer hemocentro regional en el país, que busca fortalecer las redes integradas de servicios de sangre para garantizar la disponibilidad y acceso oportuno a sangre segura para toda la población que lo requiera.

En el plano local, el hospital Santojanni volverá a ser el emblema de esta jornada. Como se sabe, desde hace años los integrantes del sector de Hemoterapia vienen solicitando la colaboración de los vecinos a través de charlas y campañas en las que explican la importancia de donar sangre para salvar vidas. A pesar de la escasa cantidad de personal que posee el sector, unos quince representantes sienten la responsabilidad de crear conciencia en los vecinos, y así ayudarlos a ayudar.

Existen dos tipos de donantes, y la diferencia es clave, explica Mariela Segura, una de las impulsoras de la campaña. ?Por un lado están los donantes de reposición, que son familiares o amigos de aquellas personas que necesitaron una donación de sangre, y donan para reponer al banco de sangre. Y por el otro aparecen los donantes voluntarios, que van a donar porque sienten ganas y ya lo toman como un hábito?. Por eso esta campaña trata de captar a los vecinos para que se informen sobre cómo y dónde donar sangre, y aumentar así el número de donantes voluntarios.

Se puede donar sangre cada dos meses. El tiempo mínimo que debe existir entre cada donación es de ocho semanas. Sin embargo, la ley establece que el número máximo de donaciones al año sea de cinco para el hombre y cuatro para la mujer, ya que debe considerarse su ciclo menstrual.

Con la intención de llegar a la mayor cantidad posible de vecinos, el sector de Hemoterapia del hospital Santojanni, puso en marcha hace unos años la campaña de donación ?Necesitamos Héroes?, en la que además derriba ciertos mitos que el común de la gente mantiene sobre la donación de sangre. ?La mayor parte de la sangre está constituida por líquido, y ese volumen se recupera dentro de las primeras horas luego de la extracción. Los componentes celulares, se regeneran en unas pocas semanas?, explica Segura.

La tarea concreta de este entusiasta grupo de personas ?cuyos integrantes van desde los 23 a los 50 años- es ayudar a que los vecinos conozcan que todos son capaces de donar sangre. ?Se puede donar teniendo entre 18 y 65 años de edad y pesando más de 50 kilos, y en el caso de tener tatuajes o piercings, sólo es necesario que haya pasado un año luego de hacerse el último?, puntualiza Segura y agrega que ?para donar sangre sólo es necesario haber desayunado, sentirse bien, y presentar un documento con foto?.

La salud y la seguridad del donante son muy importantes, por eso cuando una persona concurre al Santojanni para donar sangre, primero se le realiza un examen físico en el que se le toma la presión, la temperatura, el pulso y la hemoglobina, y se le hace una pequeña entrevista en la cual se le pregunta sobre algunos aspectos importantes a tener en cuenta.

Estadísticas recientes señalan que nueve de cada diez personas necesitarán durante su vida una transfusión de sangre para ellos o para algún familiar. La búsqueda de dadores, especialmente en medio de situaciones críticas, se facilitaría si la donación de sangre comenzara a ser un hábito frecuente. Por eso, la importancia de los donantes voluntarios es superlativa, ya que por cada persona que dona sangre, otras cuatro que la necesitan son ayudadas. De allí el slogan de la campaña ?Necesitamos Héroes?, ya que un donante puede salvar la vida de otras personas de la manera más desinteresada que existe y en forma totalmente anónima. ?Es un modo muy particular de ser solidario, en donde cada uno pone literalmente su cuerpo para hacerlo?, sintetiza Mariela.

La idea es que gente de todas las edades comprenda que es capaz de donar sangre y se anime a ayudar, sin tener en cuenta si la persona que la necesita es un familiar o un desconocido. El circuito es muy simple. Basta presentarse en el sector de Hemoterapia del Santojanni (Pilar 950) de lunes a viernes de 7:30 a 11:30 y media hora después la obra de bien estará hecha. Quienes deseen conocer más detalles o evacuar sus dudas, podrán hacerlo a través del Facebook (Donantes Santojanni) o telefónicamente al 4630-5662. Todos podemos ser héroes, sólo hace falta animarse a ayudar.


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LA PATRIA Y EL SANTOJANNI AL COMPÁS DEL MUNDIAL


26/06/2018

Crónicas de barrio. Historias que laten en el interior de la Guardia del populoso hospital de Liniers


“Todos somos culpables, pero si hubiera que repartir responsabilidades las mayores caerían sobre las clases dirigentes. ¡Si resurgiera San Martín caparía a lo paisano varias generaciones de mandantes!”.

René Favaloro, Recuerdos de un médico rural


En actos cotidianos, en los más sencillos actos de la vida, a alguien se le escapa el murmullo de la corrupción: “Usted va aquí, llama acá, paga —le anoto—, y ya tiene resuelto el trámite trabado”; “Hágase de un nombre como sea, después lo que haga no importa, tendrá reconocimiento. Ni se moleste en estudiar”; “Si le da unos pesitos, le resuelven el problema”.

¿Qué quiero decir con esto? ¿Por qué pienso en esto en la puerta de salida de ambulancias de insumos del Hospital Santojanni? ¿Por qué? ¿Por qué, si todavía no llegué a la Guardia, tengo el prejuicio de que nada ha quedado en este país sin que se haya corrompido? ¿Por qué? Quizás, y sin jactancia, es porque en los últimos años me he acostumbrado a construir el discurso de acuerdo con mis crónicas cotidianas, mis vivencias simples y sencillas y porque he rechazado ofrecimientos de pagos de coimas o de entradas facilitadas a espacios de gente común, que vive cerca de mi casa o no tanto, para acceder a la “legalidad” de un trámite trabado o a cierto reconocimiento: “Todos los de esta cuadra hicieron eso”, me dijeron. Y porque, ante lo que me dijeron, me indigné “y rechacé la oferta”, como di un paso al costado cuando, después de ejercer durante años la abogacía, me di cuenta de que la justicia no existe per se y la que existe está atravesada por escollos de papeleríos —y de mentes digitadoras— que algunos leen bien y otros leen mal, vaya uno a saber por qué —los porqué a veces los sabemos. Porque rechacé y rechazo el modo en el que nos hemos familiarizado con la perversidad del sistema, porque no sé ser de otra manera, porque todo se hace difícil cuando querés hacer las cosas bien, ¿no?, aunque en este mundo social argentino “el que no afana es un gil” y yo lloro sin que nadie me vea. Y me siento una gila sin que nadie lo sepa mientras me deslumbra que una corriente repentina forme un torrente de agua limpia en la zanja donde han bajado las cotorras y las palomas que chillaban en los altos árboles del predio que rodea, sobre Pilar, el hospital. Porque voy hacia la guardia pensando que estamos todos enfermos y que eso no se resuelve cambiando sillas y fachadas. Porque voy a la guardia y esto de que estemos todos enfermos y de que todos seamos culpables no nos hace cambiar si no nos miramos, si no nos vemos, al menos difusos, en alguna vidriera. No obstante, la gradación de la culpabilidad no corre para todos del mismo modo. No lo dudo: la gran responsabilidad de esta maniática forma de vivir en los bordes, donde no existe la patria, la han tenido los que accedieron al poder para manipular pensamientos de gente necesitada de albergue existencial, esos mismos que conformaron un relato con maestría y, como maestros, sólo dieron el ejemplo de cómo superar con creces el Cambalache del Siglo XX, de Enrique Santos Discépolo.

No puedo evitar el prejuicio. Ni siquiera del agua con que se bañan las palomas puede decirse que es limpia. Pero ojo. Ojos, gente, humana: ellas son una plaga, hacen caca y nos ensucian los autos, transmiten enfermedades, señores. Sin embargo, me dan una escena que me hace sonreír; sin embargo, ellas no tienen, como nosotros, discernimiento, intención y libertad. La primera plaga que hay que curar es la de los enfermos de poder y facilismo que transmiten y arengan la falta de honradez, el descaro, la violencia, la indiferencia. Todos, en el decir de Favaloro, somos culpables de ser plaga. Nosotros somos plaga: los de arriba, que supieron decir que representaban al nosotros nos hicieron caca en la cabeza, y nos dejaron un escenario de cables pelados donde ni los pájaros pueden pararse. Todos somos culpables de estar enfermos. Los de arriba, más culpables. Más culpables los que postergan por los siglos de los siglos la detención y la condena de quienes nos dejaron el ejemplo del atajo para esquivar el camino más o menos correcto. Más culpables los que nos dejaron cantidades de cifras negativas que ni podemos contar.

Es sábado 26 de mayo de 2018. 12.10. Me gusta el sol que hace bajar a las palomas de los árboles. Me gusta que se acicalen las alas. Me gusta que sean la única especie que sabe volver siempre a su casa aunque recorra miles de kilómetros. Yo, que siempre fui organizada, que siempre tuve planes, compromiso y esperanza, sólo sé, prejuiciosamente —en contra de la llamada ley de atracción de las cosas buenas— que hoy voy a volver sintiéndome defraudada. Que voy a volver con la fatiga de las imágenes que me esperan cuando llegue al destino de esta mañana y que mi esternón va a latir cuando, más tarde, en casa, les cuente, señores, lo que pensé, lo que percibí. Las arcadas, otra vez. Otra vez, las náuseas.

Me gusta el sol que me hace transpirar debajo de la polera aunque la temperatura es de 15º, porque no. No. No. No. No han podido tocar el cielo todavía y todavía llueve, hay humedad o hace calor, sin que se pueda pagar por esa dignidad soberbia, alta, inalcanzable, en la que no se pueden comprar miles de hectáreas para lavar dinero robado al pueblo, por haber lavado la educación y los valores del entonces llamado pueblo. ¿Dónde está? ¿Dónde estamos patria? ¿Dónde somos pueblo si sólo hay bandos, si sólo deseamos que se mantengan condiciones de involución, si no hay ningún reparo de sentido común, si no somos unidos para ser un poco más felices, un poco felices, un poquito felices?

Ayer fue el día de la patria. Pero todos somos culpables de estar enfermos sin ella. Todos estamos yendo ahora al hospital donde nadie nos va a atender porque la enfermedad es individual y de conjunto y ningún médico, aun con insumos y aparatología nueva, puede salvarnos de esta peste. Todos dejamos de ser la patria. No hay. Patria no hay. Solamente hay una bandera argentina que flamea al son de la brisa otoñal en la ventana de una casa; sólo hay alguna bandera argentina porque nos fanatiza ganar un mundial de fútbol y perder en nuestro propio país la dignidad de ser dueños y responsables de nuestros tiros libres y de nuestros penales.

Símbolo sin acto concreto, salvando la multiplicidad de excepciones. Porque también hay argentinos honestos, muchos, y en algún lugar, en algún cruce cotidiano, nos encontramos silenciando el buen acto, silenciando lo que es “normal”: izar todos los días la bandera de la honestidad sin jactarse de ser honesto. Ser patria es ser honesto en silencio. Ser patria es denunciar a los que la destruyeron, a los que la destruyen, y a los que la siguen llamando patria.

Sobre Acassuso al 6500, en un cartel pegado a un poste, manuscrito, se ofrece una habitación familiar en alquiler, ahí nomás de la parada del 4. Me gustan los frutos del palo borracho que está dentro del predio del hospital. Me gustan esos atajos que la naturaleza no puede tomar: de la flor, el fruto; el fruto explota en trozos de algodón; dentro del algodón, las semillas que vuelven a ser árbol. Sencillo. Sin corrupción. Sin otro proceso más que el ciclo de la vida. ¿Y si fuéramos eso? ¿Si no fuéramos todos culpables de querer ser árbol sin haber sido semilla primero? Seguramente no habría tanto olor a sucio dentro de la guardia del Hospital Santojanni, donde un hombre duerme en una hilera de bancos, y otros tantos esperan que salga un médico por alguna puerta. No vi a ninguno durante la media hora en que me acomodé a los gérmenes de todos los que esperaban. Porque uno se acostumbra, ¿vio?, uno se acostumbra a acomodarse frente a la espera.

Algo han hecho: en la guardia las sillas son nuevas. Hay calefacción. Hay cuatro ambulancias del SAME en la puerta. Una sale, ahora, a las 13.15, con su conductor y una asistente que habla por radio. Algo han hecho, como pudieron, si contemplamos que incluso en este supuesto tiempo de cambios persisten los que no quieren cambiar lo que los anteriores han hecho de nosotros, por nosotros y para los que nos gobiernan ahora, sus sucesores de poder que también abonan, con los ciudadanos argentinos, un poco más de Cambalache —con un poco de buena intención—, un tanto más de eso de que “el mundo fue y será una porquería, ya lo sé”. Pero como escritora, jamás voy a aplaudir una buena política de estado: es lo que tienen que hacer. Jamás voy a hacer caso omiso a los corruptos que en mi humilde mundo de barrio se me cruzan con frecuencia, con numeritos de teléfono que te hacen zafar de arreglar el auto para que te aprueben la verificación técnica. O me cuentan cuántos regalos les han llevado a tal o a cual para que se viabilice una habilitación.

No hay justicia, señores. Siento decirlo, escribirlo. Justicia no hay. Las decenas de personas que esperan en la guardia tienen derecho a ser atendidas en un tiempo eficiente. Y mi vara de eficiencia terminó cuando pasaron treinta minutos y en la mano de un “golpeado” temblaba el turno CM27, un golpeado que se reía y calmaba a la mujer (también golpeada), que esperaba atención, con los jeans y las zapatillas manchados de sangre seca. Ahí también, durante esa espera interminable, los bebés convivían en el adminículo caluroso que reproducía las bacterias; entre otras, expulsadas a través de la persistente tos y el ahogo de un potencial paciente, que pidió un vaso en “Admisión” y lo llenó con agua de la canilla del baño.

Todos aquí somos culpables. Todos somos inocentes. Todos nos estamos muriendo mientras esperamos un movimiento concreto, un paso que no tiemble

Afuera, un hombre tiende ropa mojada en la bajada para discapacitados. Y una pareja sale del adminículo para fumar un cigarrillo. Se abrazan. Me gusta que se abracen. Me gusta que el cielo esté despejado. Me gusta que no hayan podido con el cielo. Que no se hayan comprado sino un ciclón simbólico que esfumó los valores, que hizo creer a la gente que lo mejor es “ir por izquierda”, que llamaron al silencio por la represalia violenta de la respuesta, a la proscripción de muchos que piensan parecido a mí y que sólo pueden esperar el ataque crucial sin argumento. Todo se trata de que pienses como pienses, si no pensás como una masa uniforme que ha amasado la gestión anterior, sos algo parecido a un militar, a un represor. “Sos parecido a un represor, eso decían ellos, bla, bla, bla”, y lo cierto es que por hambre la gente también desaparece y esos desaparecidos no están en ninguna lista del presente. Y lo cierto es que quienes gobiernan tampoco hacen nada para ejercer la democracia en su esplendor: hay olor, como en la guardia, a que tienen miedo de ser proscriptos, de que cualquier acto normal democrático, como el ejercicio del poder de policía, la liberación de calles una y otra vez ocupadas, se les vuelva en contra por el poder de los representantes impresentables de la enfermedad argentina.

Nada puedo decir de la atención médica. No puedo pronunciarme. Sería injusto. Pero lo cierto es que tampoco vi a ningún médico en la guardia. Vi gente durmiendo, escuché a los bebés llorar, vi un abrazo en la puerta, y sentí arcadas por la suciedad de los cuerpos que se expandía ahí, con la calefacción, incluido mi sudor debajo de la polera.

“En el video vas a ver todo”, dice la chica golpeada. “¿Te robaron?”, le pregunto. Y el chico me dice que “no” con el perfil de la frente ensangrentado. Ella se aprieta los ojos con un pañuelo. Le muestra a alguien por videoconferencia el golpe y la marca en la nariz. Él chico se ríe. Yo lloro por dentro.


Gisela Vanesa Mancuso
http://giselamancuso.wixsite.com/gisela-mancuso

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