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"EN LINIERS PASÉ LOS MEJORES AÑOS DE MI VIDA"


27/2/2020

El talentoso actor Omar Calicchio, reestrena su unipersonal “Made in Liniers” en el que le rinde homenaje a su querido barrio con un atractivo musical a puro humor y nostalgia, en el escenario de La Botica del Ángel (Luis Sáenz Peña 541). En la función del miércoles 11 de marzo lo acompañará Laura Oliva, y en la del 25 Anita Martínez. Una puesta imperdible para todo aquel que, como el propio Calicchio, lleva a Liniers en el corazón.


Del particular entramado de calles y pasajes de Liniers y Mataderos, surgieron varios artistas de diversas disciplinas que lograron trascender las fronteras del barrio y desparramar su talento por otras latitudes. Sin embargo, no son muchos los que, más allá de llevar al barrio en el corazón, lograron plasmar ese afecto –casi a manera de homenaje- en un hecho artístico. Así lo hizo este sensacional actor, humorista, bailarín, cantante, guionista y director, que es Omar Calicchio. “Soy fanático de mi barrio de Liniers y aunque hoy ya no viva en él, está presente en mis mejores recuerdos”, confiesa quien es un verdadero referente de la comedia musical argentina, antes de aclarar que “cada vez que puedo vuelvo porque me hace bien, acá vuelvo a ver el sol. Y suelo venir bastante seguido, porque además de que mis padres siguen viviendo en Liniers, todavía tengo el domicilio acá y tengo que venir a votar”.

El miércoles 11 de marzo próximo en el escenario de La Botica del Ángel (Luis Sáenz Peña 541 – CABA), Omar volverá a subir a escena con su unipersonal “Made in Liniers” –estrenado en abril de 2015 en el Teatro Moliere con gran repercusión de público y excelentes críticas- en el que pone al servicio del espectador todo su talento, para contar anécdotas y recuerdos de su infancia y juventud en Liniers. Todo desde una escenografía minimalista que recrea el jardín de su casa de Timoteo Gordillo entre Patrón y Acasusso, en el que Calicchio luce su pijama para viajar en el tiempo hasta aquellos años felices, a través del humor, la nostalgia y las canciones.

“La última noche que lo hice, mi hermano me trajo de sorpresa a mis amigos de la cuadra, Guillermo, Roberto, Claudio, con los que nos sentábamos en la ventana de la fábrica de flanes que se llamaba Tiflando, que estaba en la esquina”, recuerda Omar, y esos mismos recuerdos son parte esencial del guión de su espectáculo, del que además es autor y director. “De ahí mirábamos todo, a las mellizas que estaban enfrente, a Beba que usaba esos corpiños armados y nos obsesionaba con esas tetas enormes. Además era la puteadora del barrio, porque a veces la saludábamos y le decíamos ‘Chau Beba’ y ella respondía ‘andá a la puta que te parió’. Pero si Beba te puteaba, estaba bien….(risas)”.

Por si hace falta, Omar aclara que todo lo que cuenta en el espectáculo –nominado al Premio Hugo 2015 como “mejor unipersonal”- es la pura verdad. “No hay nada inventado, pasaba en los 70’ y los 80’ en aquel rincón de Liniers”. Y agrega que varios de los temas que canta en escena son los que se escuchaban en el tocadiscos de su casa. “Mi Viejo siempre fue fanático del tango, en cambio mi Vieja pasaba de Creedence a Los Panchos sin ningún matiz. Entonces hablo de los discos del Topo Gigio, de la Familia Telerín o de aquel simple de Palito Ortega que hablaba de la chevecha que te chube a la cabecha, y hasta los discos de colores con los que jugábamos con mi hermano a bailar como en Alta Tensión, hasta que llegaron los de Los Beatles y hacíamos que cantábamos en inglés sin saber ni una palabra”.

La Primaria la cursó en la escuela Alfonsina Storni, de Lisandro de la Torre y Acasusso, pero subraya que la época más feliz de su vida fue la de la secundaria en el Comercial 32. “No porque me gustara estudiar –aclara- sino porque me encantaba encontrarme con mis compañeros, con muchos de los cuales me sigo viendo”. La define como una etapa de inocencia, en la que desconocía todo lo que estaba pasando en el país. “Cursé del 79’ al 83’, una época pesada, y nosotros vivíamos en la calle y yendo a bailar a Ramos, éramos inconscientes. Íbamos a Pinar de Rocha, a Crash, a Juan de los Palotes, para después amanecer en algún bar tomando café con leche con pizza. Después, con el tiempo, nos dimos cuenta que el rector tenía un Falcon verde, tema que incluso da pie a una canción de mi espectáculo”.

- ¿Cómo nació este proyecto de armar una puesta dedicada a contar tu historia en el barrio?

- Yo tenía ganas de cantar, pero como no soy cantante, sino un actor que canta, armé un recital con una historia detrás. Quería armar un espectáculo al que no sólo viniera aquel que asiste habitualmente a un musical, sino el público en general, con un tono popular y que esté identificado con el barrio, aunque la gente que venga no sea de Liniers. Por eso en estos 37 años que hago comedia musical, me di el gusto de desacartonar el género y armar una puesta distinta, donde aparezco en pijama y pantuflas en el jardín de mi casa, a cantar las canciones que yo escuchaba. De hecho lo pinto casi como una tertulia e invito a cantar a la gente. Hasta canto Alfonsina, que cuando iba a la escuela, en séptimo grado ya me había cambiado la voz a barítono y no me tocaba cantar la melodía porque no llegaba a esos tonos, entonces hacía la segunda voz, la parte más aburrida. Porque el barítono nunca protagoniza una puta comedia musical (risas). Y me animé a hacerlo porque era, ni más ni menos, que el relato de mi vida. En escena sólo me acompaña Juan Ignacio López, que es el pianista, y en este reestreno tengo como invitada especial a mi amiga Laura Oliva y en la función del 25 de marzo estará Anita Martínez.

Su vocación por el teatro lo acompaña desde la más tierna infancia, aunque los inicios en la profesión, no fueron tan simples. “Desde chico quise ser actor y toda mi vida hice comedia musical. Por eso mis Viejos me preguntaban de qué iba a vivir, qué iba a comer y hoy me ven y comprueban que estoy bien comido”, comenta antes de lanzar la carcajada. “La volvía loca a la maestra para que me hiciera actuar en cuanto acto hubiera. Ya estando en el 32, le decía a la señora Lublinsky que quería ser actor, ‘y andá al conservatorio nene’, me decía con esa voz gruesa que tenía. Y cuando estaba por anotarme en el conservatorio fui a ver una comedia musical y me dije ‘eso es lo que quiero hacer’. Paralelamente ya trabajaba en Gas del Estado haciendo cálculos de matemática financiera. Hasta que un día vi un aviso para estudiar comedia musical con Cibrián y ahí empezó todo”.

Para entonces, se tomaba el viejo colectivo 77 a las 6 de mañana, una hora más tarde llegaba a Gas del Estado, salía a las 14, comía algo y se iba a la escuela de Comedia Musical a ensayar alguna obra, luego acompañaba a una amiga hasta Devoto y de ahí se tomaba el 113 hasta su casa. “Era joven… -dice el actor de 57 años-. Me acuerdo que un día venía dormido en el 77 y en una curva a la altura de Flores me desperté sobresaltado porque por el envión se me sentó una vieja a upa… Hasta que después de cuatro años de hacer eso, dejé Gas del Estado y me decidí a vivir de lo que me gustaba”.

- ¿Te considerás un nostálgico?

- Soy nostálgico, pero creo que hay que ir a donde va la vida. A veces está bueno frenar un poco y desconectarse. Y para eso no hay nada mejor que volver a los orígenes. De hecho mi espectáculo tiene ese costado nostálgico, pero no se queda ahí, porque también hay mucho humor y alegría. Creo que la nostalgia se puede vivir con humor.

Y si de humor se trata, Omar se presta a recordar, sin prisa pero sin pausa, a los vecinos de su cuadra de Liniers, replicando para eso parte del guión de su espectáculo. Comienza con doña Olga “que tenía una obsesión con el jardín que estaba lleno de enanos; las ligustrinas que daban a la calle eran perfectamente cúbicas y para eso lo tenía al marido, don Agustín, casi a los latigazos para que se las emparejara a cada rato. Al lado vivía el Tano, que había construido con sus manos una casa de tres pisos para sus hijos, pero ninguno se le quedó. Y pegadito estaba la chusma del barrio. Después venía el kiosco de la china, donde mi mamá me mandaba a comprar el spray suelto para el pelo, que me acuerdo que era color violeta y tenía un olor que a mí me encantaba. Enfrente vivía Beba la puteadora, la de las tetas enormes y puntiagudas como exocet. Nosotros fantaseábamos con que las ponía arriba del mostrador del almacén y el Gallego se las cortaba como fiambre. Bueno el Gallego del almacén es mi padrino de confirmación. La esposa era Magui, que era la encargada de aplicarles inyecciones a los vecinos, le conocía el culo a todo el barrio. Después a la vuelta, sobre Tellier, frente a la plaza Santojanni, estaba Celia, que era la señora de la cochería. Era divina, aunque siempre la queríamos ver lejos. Y enfrente estaban las mellizas, que eran las dos chicas sexies del barrio, con el pantalón apretado, tipo Farrah Fowcett Majors. Ya en la otra punta estaban las tres solteronas, que eran Nelly, Pochi y Matilde, que aunque ya eran mayorcitas vivían con su mamá. Ah, y me olvidaba del loco de la vuelta, que cuando era chiquito siempre me confundía con el gordito que hacía el aviso de las galletitas Ópera y a mí me ponía del tomate. Además, como a mi mamá siempre le dijeron Tota y a mi papá Tito, me decía ‘chau Totito’ y eso me reventaba…”. Y mientras este cronista intenta sin éxito dejar de llorar de la risa, Omar aclara que todos esos nombres son reales.

En una de las últimas funciones del 2015 se encontraban entre el público directivos de Vélez Sarsfield, quienes una vez finalizada la función se acercaron al escenario y le obsequiaron el carnet del club y una camiseta. “Y yo pensaba, toda mi vida colándome por el alambrado del barrio Kennedy y recién ahora soy socio…”, remata a pura simpatía.

Aunque vivió en su inolvidable casa de Liniers hasta el 92, sostiene que le gustaría poder volver algún día al barrio. Por eso, como ensayando una excusa, dispara “sólo por una cuestión de acortar distancias estoy viviendo en el centro”. Y por si hiciera falta recalcar su amor por Liniers, entona una parte del tema con el que corona su espectáculo, cuando al ritmo de “New York, New York”, define a su barrio como “un lugar que siento a fondo, donde el show se hará un buen día, y un buen día he de morir…”.


Ricardo Daniel Nicolini




UN ARTISTA TODO TERRENO


Aunque por estas horas Omar Calicchio ultima los detalles del reestreno de “Made in Liniers” en “La Botica del Ángel”, no pierde las esperanzas de concretar un sueño: “tengo ganas de poder hacerla algún día en mi barrio, ojalá se concrete”, augura el actor, a la espera de alguna propuesta ¿Vélez, tal vez?

Hasta fines del año pasado, Omar protagonizó, junto a Roberto Carnaghi, “Aquí cantó Gardel”, el musical tanguero que recrea la última vez que el Zorzal criollo deleitó con su voz a Buenos Aires, en el emblemático cine teatro 25 de Mayo.

A lo largo de su extensa carrera, Omar obtuvo el Premio ACE como mejor actor en comedia musical, donde trabajó en Victor Victoria, Aladín, El hombre de la mancha, Drácula, Los Borgia y Aquí no podemos hacerlo, entre otros. En muchos de ellos fue dirigido, por ejemplo, por Pepe Cibrián, Hugo Midón, Ricky Pashkus, Valeria Ambrosio, Héctor Presa y Lía Jelín.

Pero al margen de su dilatada carrera teatral, Calicchio admite que la popularidad de un actor es entera responsabilidad de la televisión. Hace algunos años personificó a Hugo, la pareja gay de Arturo Puig en la tira “Solamente vos”, a quien el propio Arturo bautizó como “Pastelito”, seudónimo que aún hoy Omar escucha de boca de algún peatón cuando transita el centro de la ciudad. Aunque asegura que extraña la tele, tiene claro que cuando se hace una tira es muy difícil hacer teatro “hay que tener mucha disponibilidad de tiempo para grabar”, explica.

Sin detenerse en sus admirados dotes actorales, Omar Calicchio prefiere definirse como “un laburante”. Y argumenta que “en los doce años que laburé con Cibrián aprendí muchas cosas de Pepe, pero principalmente aquello de no tener vergüenza a la hora de ir a buscar un laburo, porque uno no va a pedir trabajo, lo va a ofrecer. Sé que no tengo la continuidad laboral de alguien que trabaja en una oficina, pero por lo general cuando estoy ahí, con la soga al cuello, siempre aparece algo. Y en todo caso esa incertidumbre es la que me mantiene activo para no achancharme”.


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