Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
November 26, 2020 5:45 pm
Cosas de Barrio

Aventuras en blanco y negro

Una recorrida por el Liniers de antaño, cuando la calle era el centro de las diversiones

Por Daniel Aresse Tomadoni (*)

Esta vez quiero destinar este espacio a evocar mis recuerdos de la cuadra de mi infancia, la misma que disfruté desde mis primeros días de vida hasta los 11 años. Me refiero a la inolvidable cortada Boquerón, esa última cuadra de la calle, que atraviesa la manzana en diagonal y que sólo tenía como límite la inmensa avenida General Paz, con sus enormes parques plenos de verde, que había adoptado como si fueran el patio trasero de mi casa.

La primera imagen que me aparece de aquellos años felices es la de sus casas, construidas entre fines de los años 40’ y comienzos de los 50’, que ofrecían un estilo casi similar de diseño y, en algunos casos, como en el mío, se plantaban en un terreno donde había una casa delante y, pasillo por medio, otra en la parte trasera. La población era clase media trabajadora y, como en todo barrio, con distintas ideas políticas y gustos deportivos.

Pero en ese barrio donde todos se respetaban y se saludaban, siempre había un vecino que no era muy bien visto por los demás. Principalmente por sus costumbres y su forma de ser, donde la soberbia le ponía sombra a las escasas virtudes sociales. Recuerdo que ya desde mediados de los años 50’, para muchos este personaje eran considerado el “jefe de manzana”,  ya que se dedicaba a delatar a todo aquel que no comulgara con las ideas políticas del gobierno de turno u osase realizar algún comentario en contra. Pero más allá de este caso puntual, en todo el barrio abundaba la gente humilde, amable y querible.

Recuerdo que esa calle -aún de tierra- oficiaba de playa de estacionamiento para la gran cantidad de rodados que dormían allí, en su mayoría utilitarios de los más variados rubros: camiones de aceite, carnes, camionetas de albañiles y plomeros y el ómnibus de otro vecino que llevaba a los turistas de los hoteles ida y vuelta al Aeropuerto de Ezeiza, entre otros.

Prácticamente no existían autos particulares. Los chicos, de distintas edades, poníamos cada día la imaginación al poder y a veces el día no alcanzaba para la cantidad de actividades recreativas que realizábamos. No había espacio para el aburrimiento. Siempre aparecía un líder que organizaba cada actividad: “a buscar los frascos que vamos a cazar mariposas” o “a pasear con los coches de juguete tirados de un hilo por toda la cuadra”. Claro que también se armaban picados en plena calle o en los parques de la avenida General Paz, distantes apenas algunos metros de casa.

Después del almuerzo, a dormir la siesta obligada (que nadie cumplía) y de nuevo a la calle hasta la merienda, cuando Piluso nos esperaba en la pantalla en blanco y negro de la tele y, años más tarde, Batman hacía lo propio. Y lo que hoy parece un relato demasiado naif, en un mundo de redes y celulares, en esos años todo aquello significaba tocar el cielo con las manos, respirando el aire puro y disfrutando de la naturaleza. Con tan poco, éramos felices, más allá de nuestros juguetes y libros, porque el placer de la lectura estaba siempre presente. En algunas casas, las colecciones de libros de aventuras como la “Robin Hood”, no faltaban en las bibliotecas.

Todos esos hermosos e imborrables años en mi querido Liniers, los que quedan muy dentro del corazón, volverán a cobrar vida en las próximas entregas de esta columna. Gracias por estar ahí, hasta la próxima.

 (*) Aresse Tomadoni es director general de Multinet (Radnet/La Radio, El Viajero TV, Club de Vida TV)

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