Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
October 24, 2020 3:15 pm
Cosas de Barrio

ENTRE EL AGOBIO DEL ENCIERRO Y EL TEMOR A ENFERMARSE

Dos posturas radicalmente opuestas con la presión de la pandemia como insoslayable telón de fondo

Por Fabiana Godoyb Di Pace (*)

Que la pandemia del coronavirus es una calamidad, nadie puede negarlo. No obstante, para algunos es un incordio, un fastidio, una molestia, un plomazo; y para otros, una tragedia. Toda opinión está sujeta a cómo la estamos padeciendo o sobrellevando. La respuesta sanitaria ante la falta de remedios y vacuna, ha sido la cuarentena. Y en algunos discursos mediáticos se invierte la causalidad: se olvida que primero vino el virus y luego el confinamiento, como medida paliativa ante la incertidumbre científica y médica. 

Ahora bien ¿Cómo vive la cuarentena cada uno según su manera de ser, su forma de vivir y de expresarse?

Podría decirse que se observan dos tipos de reacciones de los ciudadanos ante el confinamiento impuesto “por nuestro bien”. Para eso tomaremos una tipología ya existente en los saberes populares. No vamos a inventar la pólvora. Vamos a hablar de “zorros” y de “erizos”. Dos tipos de respuestas según las personas se correspondan con uno o el otro. Se trata de una caracterización de perfiles humanos que quizás sea una simplificación, pero puede servirnos para comprendernos más y poder sobrellevarla mejor, con más fuerza, con más argumentos y más autoconocimiento.

De los perfiles del zorro y del erizo ya hablaba Schopenhauer o Isaiah Berlin Tetlock, entre otros. Pero no los vamos en el sentido de esos autores. Vamos a resignificar las categorías de “zorro” y “erizo” para darles otros significados que nos permitan entender nuestras conductas frente a la cuarentena en el mundo de hoy.

La idea es tratar de entender porqué algunas personas logran un mayor grado de acatamiento al encierro y a las normas y otras, en cambio, caen en la rebeldía absoluta frente al aislamiento preventivo y obligatorio. Lejos de antagonismos partidarios, mi hipótesis tiene que ver con dos aspectos. Por un lado,  la necesidad del sujeto de poder estar bien consigo mismo, en soledad; y por el otro, de tener que formar parte de alguna manada para sentirse bien y realizado. O como decía el psicólogo Howard Gardner, de comportarse según el mayor grado de desarrollo de la inteligencia introspectiva o social.

Así, los “erizos” son los que acatan con mayor asiduidad las normas y hasta llegan a disfrutar de la soledad y el aislamiento. La pasan muy bien solos. Si bien es un gran caminador, el erizo se recluye para hibernar con total normalidad, casi como una necesidad. Inmersos en sí mismos, durante ese encierro no solo duermen, también realizan tareas en el hogar, leen, estudian, se inscriben en cuanto curso virtual y capacitaciones pueda llegar a haber, desde yoga, zumba, aeróbica a algún idioma, en el cuarto, el living o el balcón, y se vuelve un especialista en home office; se compra la silla anatómica para mejorar su rendimiento frente a la computadora, se impone ritmos de trabajo y rutinas que lo mantienen ágil y activo. Sabe descansar pero también tiene eficacia en sus quehaceres y obligaciones cotidianas que le permiten su subsistencia. Puede que tenga una bicicleta fija, se haya comprado pesas y hasta armado un gimnasio en su departamento. Todo para mantenerse sano en el encierro y sentirse feliz. Este sujeto aprendió a hacer pan, bombones, helado, yogur y los más deliciosos platos gourmet, guisos, bizcochuelos o asados que comparte en soledad o con sus convivientes. No sale más que a la farmacia o a comprar alimentos, no corre peligros, no se expone. El resto, delivery.

En cambio, están los que más sufren la cuarentena y necesitan revelarse por la libertad o la bandera que fuere, cuestionando hasta la enfermedad misma, si realmente existe o no, si está bien o mal tratada. Luchan por sus derechos para salir y hacer lo que les da la gana en la calle, los que piden más y más aperturas, son los “zorros”. 

La característica principal de un zorro es la vida social. No pueden estar bien si no comparten con otros ese asado, esa charla que podría haber sido virtual tiene que ser frente a alguien, con un otro. La cerveza o el café se comparten en una mesita al aire libre con amigos. Necesitan de picnics en la plaza, de la noche en el boliche, de estar rodeados de una multitud. No soportan extrañar a un semejante y quedarse en confinamiento. Requieren pasar a la acción y salir al encuentro, violando normas y desafiando las imposiciones que fueren con tal de estar en la manada, en el encuentro con el otro: hablar frente a frente, tocar, abrazar. El zorro es un explorador, se aburre con lo monótono, no se reinventa en soledad, como el erizo. El “zorro” trabaja en equipo, coopera para la caza. Necesita salir, explorar territorios. Curioso, inquieto, no hiberna.

Tenemos así, dos perfiles de ciudadanos que actúan diferente ante la cuarentena y también, ante la incertidumbre de la vida, que hoy se volvió más notoria con el virus. La falta de solución genera una gran angustia. Pero, paciencia, la vacuna está a la vista, solo hace falta un esfuerzo más. Se tuvo que dar una respuesta milenaria, de la antigüedad, porque la ciencia se encontró frente a un obstáculo que no podía resolver con ninguno de sus paradigmas de conocimiento. 

Por el momento, el coronavirus es una lotería. Hay quienes salen vivos y no les duele nada, son asintomáticos y no padecen ninguna consecuencia. Y están los que les pega tan fuerte, que no hay remedio que alcance, ni plasma humano ni equino, ni respirador que aguante. Y todo ello, sin hablar de los profesionales de la salud –médicos, enfermeros, camilleros, kinesiólogos, intensivistas- que están trabajando a destajo con pocos recursos y un nivel de stress inhumano. Por ello, por ahora, no conviene jugar con la suerte. No sabemos cómo nos va a afectar, ni si caeremos justo en el pico de contagios que está siempre como amenaza en el horizonte y que no nos asegura que contemos con las camas o recursos humanos necesarios para poder hacerle frente.

Quedó dicho, el erizo la pasa mejor aislado en su casita pero al zorro le cuesta más. Pero estamos hablando de personas ¿Vamos a creer que tenemos una naturaleza inmutable que nos condiciona? ¿O asumir que la inteligencia humana tiene la capacidad ilimitada de reinventarse cada día y de seguir aprendiendo? De nosotros depende reinventarnos y desarrollar una mejor capacidad de aguantar el confinamiento. Depende de nosotros. Cuidémonos. Ya falta menos para la vacuna.

(*)  Godoy Di Pace es magister en comunicación, docente y vecina de Liniers.

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