Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
October 24, 2020 2:14 pm
Cosas de Barrio

SILENCIO, HOSPITAL

La mano de Rosa se desliza sobre el cabello de Silvia y su mirada noble se posa en la de aquella mujer que la observa inerte desde la cama. El tubo del respirador le impide hablar, pero si pudiera, Silvia le agradecería el esfuerzo y la atención que Rosa le dispensa a cada instante, desde que el virus la postró en esa cama de terapia intensiva del Santojanni. La caricia, ahora, desciende hasta la mano de la paciente que, a pesar de la incomodidad, ensaya una sonrisa tierna. Hace media hora que Rosa terminó su turno, pero como aún no llega el relevo, prefiere seguir allí. Sabe que sus palabras de aliento y sus caricias son tan potentes como el oxígeno de ese tubo incómodo y vital.

“Andá Rosita, nomás”, le dice Sandra que ya está presta para tomar su lugar. “Se me hizo tarde con la tarea de los chicos, pero no te preocupes, yo te cubro cuando vuelvas”. Rosa entonces se dirige hacia el lavatorio, se quita los guantes y se higieniza, y una vez en la sala de enfermería se libera de la máscara y el guardapolvos. Mientras se encamina hacia la salida de la calle Pilar, busca la tarjeta Sube en su cartera. Está deseosa de reencontrarse con su marido, a quien no ve desde ayer a la noche. Claro que hace bastante más que no ve a sus hijos, no sea que el virus también se ensañe con ellos. Pero de pronto la voz de Clara la devuelve a la realidad. “¿Venís a la Legislatura, no Rosa?”. Recién entonces cae en la cuenta que hoy era el día elegido para llevarles el petitorio a los legisladores y ella se había comprometido a estar. “Los mates con el gordo tendrán que esperar”, se dice, resignada.

Mientras el 2 avanza por Rivadavia hacia el centro, Rosa y Clara aprovechan para descansar y entrecerrar los ojos. Rosa, sin embargo, no puede sacarse de la cabeza la imagen de Silvia con esa sonrisa franca y agradecida, tras dos intensas semanas de lucha contra un enemigo invisible y demoledor. Sabe que es mucho tiempo para mantenerse estoica en esa batalla desigual, en la que ella decidió acompañarla.

Bajan del colectivo y mientras caminan por Perú hacia el palacio legislativo, comienzan a escuchar el sonido de los bombos y los cánticos de sus compañeros. Una vez allí, las recibe una multitud cubierta de banderas argentinas, pancartas y barbijos, que enfatiza los reclamos de uno de los gremios más injustamente postergados de los últimos años. “Somos profesionales de la salud, no personal administrativo”, reza una pancarta. “Nos están metiendo la mano en el bolsillo”, expresa otra, y una más que, en un furioso rojo sangre, esgrime la leyenda: “Nos mandan al muere a luchar sin insumos contra el virus”. Una voz aguda se destaca entre las demás. Es una mujer que va hacia avenida de Mayo. “Estamos con ustedes, eternamente agradecidos por todo lo que hacen”. Rosa se queda mirándola mientras la mujer se aleja, sus palabras son una caricia, casi como las que ella le regala a Silvia en la terapia del Santojanni.

Finalmente, la enorme puerta de Perú 160 se abre. Parece que llegó el momento de entregar el petitorio. “En un par de horas estoy en casa con el gordo”, piensa Rosa y sus ojos se achinan de alegría. Pero de pronto, mientras los referentes del sector se aprestan a ingresar al edificio entre un férreo cordón policial, los efectivos advierten un tumulto y se lanzan contra la multitud. Entonces la pacífica manifestación de guardapolvos blancos se transforma en un caos. Los palazos policiales se entremezclan entre el llanto y los insultos, y el blanco de los delantales se tiñe de sangre.

Unos minutos después Rosa vuelve a abrir los ojos. Está sentada en la vereda y una gasa le cubre la frente. Trata de incorporarse pero el paramédico del SAME le indica que permanezca sentada un tiempo más. Entonces saca el celular de la cartera para avisarle a su marido. Pero antes de que inicie la llamada el teléfono suena. Atiende y escucha del otro lado la voz de Sandra. “¿Rosita? Ponete contenta. Quería avisarte que Silvia salió de terapia”. A Rosa se le dibuja una sonrisa enorme, tan tierna y auténtica como la que su paciente le regaló esta mañana.

Lic. Ricardo Daniel Nicolini

cosasdebarrio@hotmail.com

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