Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
October 24, 2020 3:07 pm
Cosas de Barrio

EL CLUB DE LA PELEA

Un informe especial que revela la acuciante situación por la que atraviesan los clubes de barrio, que ya llevan cuatro meses con las puertas cerradas 

Para los clubes de barrio y asociaciones civiles de la Comuna 9, no hay sistema de salud capaz de contener las heridas económicas producto del cachetazo que significa el aislamiento social. Con las puertas cerradas, sus máximas autoridades son, hoy en día, los médicos sin guardapolvo que sostienen en terapia intensiva su crítica situación. Y a la espera de una solución, el único remedio para esta enfermedad parece ser una habilitación para su reapertura, dosis que, posiblemente, sean los últimos en recibir.

“Estamos con un marcapasos y un bypass, y cada día el corazón late menos”, diagnóstica Mariel Guillen, presidente del club José Hernández, de Mataderos, que desde el 19 de marzo, cuando el gobierno anunció la cuarentena, permanece con la térmica baja. “A ningún club le viene bien que le digan ‘no te cortamos la luz’ ¿De qué me sirve que no me corten si no la estoy usando? Decime que no me lo vas a cobrar”, se queja mostrando las facturas de servicios que aún llegan a la sede de Bragado 5950.

Con el correr de los meses, las boletas de agua, luz, gas y teléfono también se apilan sobre el escritorio de Sergio Tur, máximo dirigente de otro símbolo mataderense, el Glorias Argentinas. “Llegan las facturas de los servicios con cifras exorbitantes”, comenta el hombre de 66 años que prioriza el sueldo del personal, compuesto por veinte empleados distribuidos en administración, limpieza, portería y profesores. “Hasta ahora les pagamos a todos, salvo el aguinaldo que se abonará cuando se pueda”, promete.

Como Tur, Mónica Saraniti, al mando de su tercera gestión en el club Juventud de Liniers, apuesta a asegurar los honorarios del personal. Sin embargo, una porción de la torta, constituida por profesores de danza, patín y otras disciplinas, perciben un salario porcentual de los aranceles que pagan los alumnos. “Los que cobran por porcentaje, lamentablemente si no hay actividad, no cobran”, explica la presidente.

Con respecto a las fuentes de financiación, debido al contexto actual los clubes de barrio reciben los aportes de los socios únicamente a través de depósitos o transferencias bancarias. “El club hoy tiene como ingreso principal la cuota social y el arancel de la actividad, que cayó entre un 15 y un 20 por ciento aproximadamente”, reconoce Raúl Seguí, presidente del Alvear Club, de Parque Avellaneda.

Diferente es el caso del Glorias, cuyo ingreso no consiste en el cobro de la cuota social, sino que la misma mutó por decisión de la cúpula directiva, a causa de la crisis económica entorpecida por la pandemia, en “una cuota de ayuda”, como la define su presidente. “No le ponemos un importe a la cuota, sino que cada uno aporta lo que puede”, detalla Tur, quien calcula que “el promedio de ayuda ronda entre los 600 y 700 pesos”.

La modalidad de abono voluntario, implementada por Tur, se práctica también en varios de los veintisiete clubes de barrio de la Comuna 9. No obstante, cada institución comunica su mensaje a través de diferentes medios. “En Instagram y en Facebook realizamos publicaciones para llegar a las familias y decirles que el que puede colaborar con la cuota social va a ser bienvenido para sostener la estructura del club”, comenta Guillen, “nuevita” en su función, desde que ganó las elecciones en junio del año pasado.

Sin embargo, el stress económico se siente en la cantidad de socios que le soltaron la mano a los clubes en estos tiempos difíciles para todos. “Creo que un 25%  de los socios está pagando la cuota”, estima Saraniti, a la vez que la presidente del José Hernández expone en números la disminución de los aportes mensuales. “Si en marzo, cuando cerramos, el club tenía 1.300 socios, el mes pasado apenas 130 pagaron la cuota social. Y al día de hoy creo deben haber pagado 50”, afirma Guillen.

Es que el principal motivo por el que miles de socios dejan de pagar las cuotas se debe a una reorganización de las prioridades de los gastos familiares. Es decir, no abonar el mes no significa necesariamente una baja del socio. “Hay un caso de una familia que no podía pagar las cuotas y otra familia le hace los pagos sin identificarse, y yo me enteré porque me llegaron los comentarios. Eso es la solidaridad”, cuenta Seguí, mostrando una radiografía de la entidad de Parque Avellaneda.

Cabe aclarar que la ayuda del prójimo, además de observarse entre los de abajo, también viene de arriba en forma de subsidio. “Hay un apoyo estatal. La verdad no es una gran cantidad, pero en este contexto, ayuda”, comenta el titular del club Alvear. “En abril recibimos 60.000 pesos del Gobierno de la Ciudad, y de Deportes de Nación nos dijeron que nos iban a dar una ayuda similar en mayo, la cual todavía no recibimos. Algo es algo”, explica Guillen encogiendo los hombros. Y luego agrega “nos anotamos en el ATP (Programa de Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción) en el cual salimos favorecidos, así que los empleados formales están percibiendo el 50% por ciento del salario. Gracias a Dios, en estos dos meses, salimos aprobados”.

Sin embargo, el aporte de los socios y del Estado no es suficiente para afrontar el pago de los servicios que se acumulan como una bola de nieve. “El subsidio del gobierno llegó los primeros días de mayo y lo usamos para pagar lo que teníamos de deuda. Pero pagamos eso y ya está, ahora volvimos a generar deuda”, comenta Saraniti, presidente del Juventud de Liniers.

“Nosotros hicimos una progresión de gastos, compuestos por sueldos e impuestos, y si esto se extiende a septiembre vamos a llegar a ese mes con cinco o seis millones de pesos de deuda. Y la pregunta es ¿cómo lo levantamos?”, se pregunta Guillen.

Por su parte, Tur compara la crisis financiera actual de la institución rojiblanca con el golpe bajo que representó el derrumbe del techo del club ubicado en Bragado 6875, aquella fatídica noche del 4 de abril del 2012: “ese temporal fue una desgracia con suerte, porque no gastamos ni una curita, nadie se lastimó, nada de nada, entonces lo que es material se arregla y el techo se arregló. Pero esto no se puede reconstruir, esto no se puede arreglar con dinero”.

Por eso, la máxima autoridad del José Hernández sostiene que la vía para el sostenimiento económico y financiero de los clubes barriales consiste en una suspensión del pago de los servicios. “A mí no me sirve que me digan ‘no te corto el gas’”, reclama la mujer que mantuvo conversaciones con el ministro de Turismo y Deportes, Matías Lammens, a quien le confesó que “sí sabía que iba a pasar esto un año después de ser elegida para presidir el club, no me postulaba para las elecciones”.

Todos coinciden en afirmar que la habilitación para la reapertura y vuelta de las actividades de los clubes y asociaciones civiles, sería una salida de emergencia para la crisis que les toca atravesar. “Somos conscientes de que los clubes van a ser los últimos en abrir”, dispara Guillen, y añade “hoy por hoy, viendo cómo viene el tema, yo creo que este año no va a haber club”. Pero a pesar de la delicada situación, no tira la toalla y sueña con volver a ver las instalaciones funcionando. “Es muy difícil con la deuda que vamos a tener poder abrir el club, pero yo no me doy por vencida. Le daremos batalla al tema e intentaremos abrir porque el club es sumamente importante en la vida del socio”, manifiesta sin perder las esperanzas.

“En este momento tenemos que tratar de ayudarnos mutuamente, mantenernos con optimismo y buena onda, sin tenerle miedo a esta pandemia, tratar de cuidarnos mucho y seguir unidos. Eso nos va a ayudar a salir adelante”, opina Saraniti con la sabiduría que forjó en el club al que asiste desde niña.

Pisando el quinto mes de cuarentena y a la espera de un anuncio oficial para su flexibilización, los clubes de barrio cumplen el aislamiento social y obligatorio, medida que contrajo efectos secundarios expresados en el descenso de la economía y las finanzas de las instituciones. Y si bien las consecuencias de esta crisis tendrán su precio, el valor de la solidaridad y la resiliencia se muestran como los recursos indispensables para hacerle frente a un conflicto tan inédito como doloroso.

Santiago Rodríguez

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