Periódico zonal del Barrio de Liniers para la Comuna 9
January 22, 2021 12:22 am
Cosas de Barrio

“FUE UN HONOR HABER PODIDO DEFENDER A LA PATRIA”

Llego puntual al negocio de Nicolás, ubicado en la esquina de Martiniano Leguizamón y Manuel Artigas, en Mataderos. Apenas abro la puerta, eludo con sutileza la pila de televisores que esperan para ser atendidos. Delante mío un muchacho recibe su vuelto y de yapa se lleva una sonrisa de Nicolás, la misma que reparte a sus clientes desde hace 38 años. Acto seguido, conscientes del enemigo invisible, nos saludamos con un choque de codos. “Esperame un cachito que cierro el local y estoy con vos”, dispara, mientras aprovecha para contestar los whatsapps que le llegan del grupo “Excombatientes Malvinas”. “Te pido disculpas, pero estamos agendando la próxima reunión de aniversario”, me cuenta sobre su reencuentro anual con sus hermanos de trinchera.
Nicolás Jorge Faturos sabe como pocos lo que significa Malvinas. El veterano, clase 61´, experto en telecomunicaciones, le puso el cuerpo a una guerra que lo marcó para siempre. A sus 59 años, el excombatiente se anima a revivir aquella fatídica historia, como si hubiera sucedido ayer. “A los 19 me reclutaron para ir a Malvinas”, comienza contando el marido de Alejandra, y padre de Renata, de 20 años, y Julián, de 17.

  • Eras un pibe cuando fuiste para allá…
  • Sí, y gracias a Dios pude terminar el secundario. A los 18 me recibí de técnico electrónico en telecomunicaciones en el Huergo. Había empezado en el Saavedra, de Parque Avellaneda, pero después conseguí una beca en el Huergo y como me interesaba el tema de las telecomunicaciones decidí entrar. De hecho antes de terminar la secundaria ya me citaron para hacer el servicio militar obligatorio.
  • La famosa colimba ¿Cómo fue ese momento?
  • Recuerdo que estaba en el último año del secundario, por eso para poder terminar el colegio pedí la prórroga por un año. Si bien soy clase 61’, hice la colimba con la clase 62’. Tuve la suerte de hacer la instrucción y salir en la primer baja, o sea que me retiré el 11 de noviembre del 81´. Ahí fue cuando empecé a planear mi negocio, que lo iba armando de a poquito con lo que tenía.
  • ¿Te acordás del momento exacto en el que te llamaron?
  • Si, hacía poco había muerto mi viejo y me estaba yendo con mi mamá a Rosario. Vinieron del Ejército a buscarme a casa, tocaron el timbre y atendió mi hermana. Como era radio operador, en mi camioneta tenía un equipo de radio que en esa época era uno de los pocos recursos para comunicarse. Entonces, estando en plena ruta mi hermana me dijo “te vinieron a buscar del Ejército, tenés que presentarte mañana a los 8”. Así que pegué la vuelta y al otro día me presenté, me dieron el uniforme y me sacaron el documento. O sea que después de seis meses de haber finalizado el servicio militar, me reincorporaron y ahí comenzó todo.
    Por entonces su familia y sus amigos le rogaban a gritos que se quedará. “Todos me decían: ‘no vayas, quédate acá’”, exclama imitando la insistencia de sus seres queridos. Pero él desoyó esos reclamos y prefirió aceptar su deber cívico. “Fue un momento difícil, pero decidí ir”, confiesa con orgullo.
  • ¿Cómo fue ese primer día del reclutamiento?
  • Me acuerdo que me presenté, nos dieron la ropa y nos subimos al avión para ir de Campo de Mayo a Río Gallegos, y de Río Gallegos a Malvinas. Hicimos escalas porque no había vuelo directo. Hasta ese momento no era más que un viaje a una aventura desconocida. Al principio nos decían que no iba a pasar nada, y así fue durante varios días, hasta que el 1° de mayo se desencadenó la guerra propiamente dicha.
  • Y mientras tanto ¿Cuáles eran tus deberes en la isla?
  • Como yo estaba en el área de telecomunicaciones, nuestra tarea como equipo era asegurar la comunicación dentro de la isla. Teníamos que instalar equipos de radio y brindar comunicaciones entre los jefes. Pero también esos primeros días hicimos trincheras, reconocimos la zona y probamos el armamento, porque hasta que no empezaba la guerra no pasaba nada y en esas tareas cada uno tenía un puesto asignado.
  • Es decir que la convivencia era organizada…
  • No sólo eso, sino que también nos apoyábamos entre todos. Pensá que cuando estábamos en las islas, lo que más nos golpeó al principio fue la falta de afecto, porque extrañábamos mucho a la familia y a los amigos. La mayoría éramos pibes, y cada tanto nos prestábamos el hombro entre nosotros para llorar un poco.
    Nicolás sabe que aunque pasen los años, aquel recuerdo no lo abandonará jamás. “Tengo la imagen de mis compañeros llorando, rezando, preguntándose qué hacían ahí”, relata con la voz entrecortada.
  • Y además había que luchar contra el frío ¿verdad?
  • Claro, y el tiempo pasa muy lento. Lo peor de todo es que dormíamos poco y salteado porque teníamos que hacer guardias, y no podías estar más de una hora afuera porque te congelabas. Imaginate que hacía entre 10 y 15 grados bajo cero. Muchas veces teníamos la ropa húmeda, la misma para todos los días, y eso nos daba más frío todavía. En los dos meses que duró la guerra no me cambié las medias ni los calzoncillos ¡Un desastre! La padecimos mucho, muchísimo. No te das una idea del frío, la lluvia y la nieve que había. Eran condiciones extremas.
  • Hasta que de pronto, además, comenzaron a vivir la guerra en primera persona…
  • Recuerdo que estábamos durmiendo en un lugar grande, era un teatro, como el cine El Plata, porque ahí estaba nuestro centro de operaciones. Era en un primer piso y abajo estaba el correo de Malvinas. En plena madrugada sonó la sirena y ahí empezó la guerra para nosotros. Nos fuimos a las trincheras y ya no salimos más. Cada grupo tenía una trinchera armada, que medía dos metros de alto por uno y medio de ancho. Éramos cuatro soldados por trinchera y a veces se nos inundaba porque estábamos a metros de una bahía, entonces cuando subía la marea, se llenaba de agua.
    Si bien Nicolás no fue enviado al frente de batalla, el lento transcurso de los días se convirtió para él en una verdadera pesadilla. “Una vez que se inició la guerra la incertidumbre se multiplicaba minuto a minuto”, revive con un nudo en la garganta.
  • ¿Sabían los pormenores del avance de la guerra?
  • Nosotros estábamos esperando los ataques, los bombardeos, y cada vez que sonaba la sirena teníamos que salir corriendo a las trincheras. Por suerte, yo no disparé, porque mi función era brindar comunicación. Pero ya en el último tramo de la guerra los ataques eran más frecuentes e invasivos, porque los ingleses estaban ganando terreno. Lo peor de todo era que nuestros jefes nos decían que veníamos bien y los íbamos a hacer pomada, pero como controlábamos todas las comunicaciones de las islas, escuchábamos que, en realidad, la cosa venía mal.
  • Hasta que finalmente flameó la bandera blanca…
  • El 14 de junio fue la rendición. Unos días antes, el 11, se dio uno de los últimos ataques, y tuvimos la baja de un compañero nuestro, Ignacio María Indino, que falleció mientras operaba una radio, Lo mataron porque le mandaron un misil que funcionaba por onda de radio. Cuando terminó la guerra vinieron los ingleses, nos sacaron las armas y nos metieron presos. Estuvimos prisioneros siete días en el medio de la nada.
  • ¿Cómo fue la vuelta a casa?
  • El 20 de junio llegó el día de volver. Nos embarcamos en el buque hospital Bahía Paraíso. Cuando subimos, lo primero que hicimos fue bañarnos ¡Un baño espectacular con agua caliente! Nos dieron ropa nueva y nos hicieron arroz con pollo ¡Comimos como chanchos! Al otro día llegamos a Río Gallegos, y de ahí a Campo de Mayo, donde nos tuvieron unos días para subir un poco de peso. Recién después nos pasaron a buscar para volver a casa. Ahí empezó la vida otra vez.
    No estaba entre sus planes que el destino lo empujara hacia una guerra, la más dolorosa para todos los argentinos. Pero sin dudar aceptó el desafío. “Fue un honor haber podido defender a la patria y a la celeste y blanca, incluso hasta perder la vida, como les ocurrió a muchos de mis compañeros”, expresa apoyado sobre el mostrador de su negocio.
    Se nos pasó la hora y una lluvia de whatsapps le estalla el teléfono. Entre ellos, Alejandra lo apura para que regrese a casa porque la cena está casi lista. “Mañana sigo acomodando, basta por hoy”, suspira mientras busca las llaves para cerrar el local. Nos despedimos con otro choque de codos. Afuera, en la calle, no pasa un alma, y aunque la temperatura acompaña y el cielo está estrellado, un escalofrío me recorre el cuerpo.

Santiago Rodríguez

0 Comentarios

No Comment.